Este martes -17 de abril- destaparé
un agua mineral con gas para celebrar mi primer año de paciente protésico. En
la noche de ese día de 2017, Davor Luger y su equipo médico me acostaban sobre
la mesa del quirófano para proceder a una cirugía de reemplazo de cadera
izquierda. La artrosis había llegado al límite y en lugar de mis huesos
articulados -cabeza de fémur y cotilo- instalaron un kit de titanio y cerámica
que viene cumpliendo de maravillas con sus obligaciones.
Ya he contado lo bien que estoy en
ese sentido. Bromeo diciendo -no sin razón- que de lo que mejor estoy es de la
operación. El sobrepeso, la hipertensión, el hipotiroidismo, la roncopatía y el
agrandamiento de la próstata no son cuestiones atribuibles a la que llamé Operación
cadera, pero sí exigen de mí la atención necesaria en estos momentos. Así
que si pensaba en descansar de médicos y estudios en los tiempos posteriores a
la recuperación quirúrgica, estoy listo: turnos de consultas, de estudios, de
médicos, de especialistas… mis anotaciones de días y horarios parecen el
fixture del Mundial de Rusia pero sin Messi ni Sampaoli.
Por recomendación médica tuve que
renunciar al fútbol, el rugby, el motociclismo y el hipismo, además del
montañismo y alguna que otra actividad más. Quienes me conocen saben cuánto de
mi vida se va en las disciplinas nombradas.
Parientes y amigos, afectos, ya pasó
un año y vale otro gracias a todos y
a cada uno de ustedes. No los nombro por el riesgo de dejar a alguno afuera.
Pero cada uno sabe cuánto le toca de mi gratitud. Con mi pequeño mecano a
cuestas, brindo con burbujas a mi salud.