miércoles, 29 de marzo de 2017
Cuenta regresiva II
Este viernes, visita al traumatólogo-cirujano. Se hace larga la semana.
jueves, 16 de marzo de 2017
24-4
Bien, las cosas empiezan a tomar forma y a hacerse palpables. Me refiero a la fecha de la operación. Si bien en principio parecía que marzo era una buena hoja del calendario para anotar el evento, no siempre los tiempos son manejables y acabamos de poner los ojos en abril.
- ¿Antes o después de Pascua? -preguntó Davor Luger, quien piloteará el bisturí y ni quiero pensar qué otro instrumental, por no decir herramientas-.
Los primeros días de abril están muy cerca de la extracción de una raíz molar (otra) que me haré la semana próxima, y antes de Pascua implicaría pasar semana santa internado, cosa que no me seduce demasiado.
Y como tampoco quiero estar en casa cuatro días feriados pensando que al día siguiente me opero, preferí anotarme para el 24. Lindo mes abril; lindo día el 24, ya que alguna cosa muy buena me pasó en ese mes y en ese día, aunque de mayo.
Así es que en los próximos días iré a visitar al traumatólogo en su consultorio y ajustaremos bitácoras. ¿Quién me banca ahora? Hasta hoy, la operación era una decisión tomada, cercana, pero aún en una nebulosa. Desde hace un rato se empezó a hacer palpable. Después de la próxima consulta tendré en mano la lista de cosas a concretar antes del 24-4 (démosle ese toque especial de "día D" a la jornada cúlmine de la "Operación Cadera"). Aunque eso no bastará para hacer caso omiso del dolor cotidiano ni para olvidarme de que ya estoy entregado.
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martes, 7 de marzo de 2017
El día después
Uno de desacostumbra. Hace un tiempo que dejé de hacer ciertos trabajos de mantenimiento hogareño limitado en movimientos y posiciones precisamente por la cadera maldita.
Desde hace poco más de un mes me estaba esperando una de las puertas del bajomesada de la cocina. Con los pivotes gastados por el uso más la mesada rajada por no sé qué razón, ya no había forma de que la puerta quedara en su lugar poniendo en riesgo la integridad de los pies de quien anduviera cerca.
Después de estudiar las alternativas de reparación –ya el mueble viene de una antigua reforma en la que le convertí una cajonera en mera puerta- Compré dos tipos de bisagra diferentes además de un pivote nuevo. El sábado pasado, finalmente, junté coraje y trasladé todas las herramientas y tornillos que eventualmente iba a utilizar, con la ilusión de que no debería moverme demasiado. Pero las ilusiones, eso son: ilusiones y no realidades.
Debo haber hecho no menos de siete u ocho viajes entre el lavadero –lugar de operaciones previas a la colocación- y la cocina. Que una mecha, que un destornillador, que una medida diferente de tornillos, que una llave... Hasta tuve que encolar y empatillar el listón de madera que sostendría a la puerta en sus nuevas bisagras, ya que tenía un nudo y acabó por quebrarse. A las seis de la tarde de un sábado no tenía muchas posibilidades de conseguir uno nuevo.
Lo cierto es que con satisfacción de mi parte, el trabajo quedó terminado. El problema vino ayer, domingo, el día siguiente al del trabajo: me dolía todo. Se ve que me desacostumbré a ese tipo de trabajos que solía hacer con frecuencia, sumado eso a mi pierna izquierda ya limitada y maltrecha pero, por sobretodo, dolorida de por sí.
Jamás había pensado en un paralelismo entre montar a caballo y hacer un trabajo como éste, pero los efectos son semejantes: asentaderas con la sensación de haber sido pateadas durante dos horas y muslos entumecidos por la posición y el sentarme en el piso o arrodillarme y pararme varias veces, con el esfuerzo que eso significa para un rengo como yo. Pero me dije: prefiero arrodillarme (y levantarme) con esfuerzo lacrimógeno por hacer un trabajo y no por tener que suplicarle nada a nadie.
Las manos terapéuticas de mi esposa tienen trabajo para dos o tres días.
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