miércoles, 24 de mayo de 2017

Paréntesis

En la previa de la operación pensaba mucho en el postoperatorio. Me preocupaban los eventuales dolores, la higiene general y la íntima, cuestiones todas inherentes a una situación como ésta, esperables sabiendo que me colocarían una prótesis de cadera.

Y viendo todo el aliento que recibía en persona pero fundamentalmente a la distancia (a través de Facebook y Whatsapp), sabía que tenía la compañía asegurada. 

Llevo un cachito más de un mes de reposo en casa. Sé que no es la condena de nadie, pero si no fuera que tengo la cama junto a la ventana, se me haría muy difícil el encierro. Y si no fuera por mi esposa y mi hijo, por mi hermano y algunos otros pocos, moriría de aburrimiento. 

Copérnico y Galileo tenían razón: la vida no gira alrededor de nosotros. Somos apenas una partícula dentro del Universo.

domingo, 21 de mayo de 2017

Titanios en el ring

Las primeras horas después de la operación fueron un poco molestas, pero mucho menos de lo esperado. El antibiótico y el analgésico por vena hicieron su trabajo y para después del mediodía del martes ya me sentía casi perfecto. Tanto que cuando llegó a verme el médico, me retó por tener los pies cruzados, el derecho sobre el izquierdo, cómodamente. 

Luger me recordó de inmediato que desde hace cuatro años me viene diciendo que el postoperatorio requiere de treinta días en cama, durmiendo boca arriba y con las piernas levemente abiertas. Parece fácil, pero te quiero ver, sintiéndote bien pero no pudiendo moverte cuando en realidad, podés.

Me dijo entonces que el día siguiente me iba a sentar en la cama con los pies colgando (se hizo larga la espera, porque en lugar del miércoles vino el jueves) y que antes de darme el alta el viernes, me haría caminar.

Me dijo también que me había colocado la prótesis que él tenía prevista: una de titanio atornillada al hueso. 

¡Titanio! Confieso que me da cierta cosita eso de que me hayan quitado un trozo de hueso y en su reemplazo tener una pieza de titanio. Yo conozco muchos metales, pero no sé si alguna vez vi o tuve en mis manos un trozo de titanio. Supongo que el nombre le viene de su dureza y fortaleza, remembranzas de los legendarios titanes de la antigua Grecia.

Dice Wikipedia que "En la mitología griega, los titanes y las titánides eran una raza de poderosas deidades que gobernaron durante la legendaria Edad de oro.
Los titanes precedieron a los doce dioses olímpicos, quienes, guiados por Zeus, terminaron derrocándolos en la Titanomaquia (‘guerra de los titanes’)".

La otra opción me remite a Martín Karadajián y sus Titanes en el ring, pero prefiero pasarla por alto aunque resulte mucho más divertida.
A la necesaria quietud de mi pierna izquierda, operada y "entitaniada",  se sumaba la de mi brazo derecho, con una guía de suero y medicamentos conectada a la vena: les costaba tanto a los enfermeros encontrarme una vena que tenía pavura de que se me saliera y debieran revolver nuevamente mi antebrazo con una aguja hasta encontrar sangre, si no petróleo.


viernes, 19 de mayo de 2017

Paciencia con la ciencia

Quien dice treinta, dice cuarenta y cinco. Decía hace un par de días que cumplido el mes de la operación y sin los puntos de la herida, seguramente el médico me daría algunas libertades. Iluso de mí.

Ayer me comuniqué con él y me indicó quince días más de reposo, de dormir boca arriba, de andar poco y valiéndome del andador, mi inseparable rengomóvil. En fin, si la ciencia lo pide, paciencia.

Volvamos atrás con el tiempo, a mis días de tercer piso en el sanatorio, de enfermeros encendiendo la luz principal de la habitación a las cuatro de la mañana para controlar el suero, la presión, la temperatura... para cambiar sábanas y bañar al enfermo si era necesario. ¿A esa hora? A veces uno tenía insomnio y se dormía a las dos y media, tres de la madrugada, y los muchachos caían pasadas las cuatro para a las seis entregar el turno con todo hecho.

Dado que Miguel, mi compañero de habitación, llevaba un mes y medio internado, pagaba el alquiler de un televisor que hacía funcionar a cualquier hora. Así que me puse al día con muchos programas culturales y constructivos: Intrusos, Intratables, todos los de Guido Kaczca, los sorteos del Loto, Cuestión de peso con Silvia Suller incluida, El show del problema (versión local de Caso cerrado, un programa de Miami donde se ventilan las miserias humanas y una presunta abogada ejerce de presunta jueza a costilla de la ignorancia y la necesidad de los que llevan sus problemas privados para ser expuestos en televisión), El zorro, un par de novelas turcas, fútbol de primera C... Nunca un Discovery Chanel, ni el History, ni Encuentro, ni Nat Geo... Llegué a sospechar que la programación la decidía algún anestesista.

Miguel arrastra su tonada guaraní dado que es nacido en el Chaco litoraleño. Pero además tiene dificultades respiratorias, por lo cual se me hacía bastante difícil descifrarlo cuando hablaba. Una noche entendí que me preguntaba "Usted ¿llega a septiembre?", pregunta que no me pareció apropiada hacerle a un recién operado como yo, menos aún cuando estábamos a mediados de abril. Creí que estaba delirando. Pero lo que el pobre quería preguntarme era si llegaba al timbre para llamar a la enfermera: "¿Llega hasta el timbre?" O yo necesitaba un otorrinolaringólogo que revisara mi oído o él necesitaba una fonoaudióloga que lo hiciera hablar claro.

En la próxima entrega, sentándome en la cama y luego, "parado y caminando".

martes, 16 de mayo de 2017

Y llegó el Día "D"

En un contexto futbolístico, no sería buena noticia Pero es fantástico para mí que el jueves pasado me hayan quitado los puntos. Dieciocho contó el médico, que no era Davor Luger, mi cirujano, quien debe guardar reposo en resguardo de su propia salud: parece que le provoqué tanto estrés que acabó con una insuficiencia cardíaca.

Mañana se cumplen los treinta días prescriptos de mayor cuidado. Hablaré con él para saber qué permisos me da. Me parece mentira llevar ya un mes de encierro, cama y operado. Y a la vez siento que es una eternidad.

Un mes, ya, desde que entré caminando -rengueando- a la habitación 315 del Instituto de Diagnóstico de La Plata a hacerle compañía a Miguel, paciente internado en el mismo cuarto y que esa noche pasó una de las peores de su vida. Cómo sufría ese hombre y cómo protestaba su esposa por haber tenido que dejar a medio comer su plato de lechón en el cumpleaños de un familiar cuando el médico la llamó tres veces por teléfono para que fuera, que se apurara porque su marido se les estaba yendo. Pero zafó Miguel. Eso fue un lunes y, al menos el viernes siguiente,estaba bastante mejor.

En medio de eso, en el atardecer del lunes 17 de abril, me subía a una camilla ataviado con una bata que mostraba más de lo que tapaba rumbo al quirófano, al momento cúlmine de la "Operación Cadera".

Una enfermera peleó bastante para encontrar una vena donde hundir la aguja y ponerme el suero. Luego me sentaron en la camilla y entre dos o tres curvaron mi espalda para que el anestesista me aplicara una peridural. De a poco sentí el adormecimiento de la parte sur de mi cuerpo. Entonces me pasaron a la mesa de cirugía. Eran cuatro para trasladar mis más de cien kilos. Si me hubiesen trasladado antes de anestesiarme lo hacía yo solo y se ahorraban el esfuerzo.

Una vez acomodado de perfil en el cadalso (la mesa de operaciones, se entiende) me ataron los brazos a dos maderas diferentes: una sostenía el con el suero y la otra el miembro izquierdo, cruzado por sobre  la cabeza para no entorpecer el trabajo del cirujano.

El anestesista se ocupaba de preguntarme a cada momento si sentía algo, si estaba bien, y me dijo que me inyectaría en el suero algo para adormecerme. Parece que ese día tenía insomnio porque tengo conciencia de casi todo lo que duró la operación. Más aún, me entretuve viendo el monitor que tenía cerca en el cual sólo pude leer los valores de la presión arterial porque sin anteojos lo demás me resultaba ilegible.

Así que sentí los sacudones del muslo cuando trabajaban, el ruido de la sierra que descabezó mi fémur, las maniobras para calzar la prótesis ahí, donde ya no había hueso.


"Ya terminaron de coserte", me dijo el anestesista, y una enfermera de anteojos empezó a liberarme los brazos. Uno de los del equipo dijo que tenía hambre (eran casi las once de la noche) y se quería ir a cenar. Le dije que si quería un puchero de caracú podía usar el hueso que acababan de sacarme, pero me parece que prefería otro menú.

Volver a la cama de la habitación 315 me dio mucha tranquilidad. Lo difícil ya había pasado. Seguía vivo y entero, cosa que confieso me había preocupado bastante en las semanas previas. Si la ocasión hace al ladrón, como suele decirse, no fuera a ser cosa que mi pasada por el quirófano tentara a la Parca.

domingo, 7 de mayo de 2017

De nuevo estoy volviendo

    Pufffff. Veinte días, ya. Veinte días con un trozo de titanio en mi cadera, ahí donde antes tenía la cabeza del fémur. De no creer.
Patente de internado

    No sé muy bien por dónde empezar. Necesité que pasara este tiempo porque no puedo estar demasiado tiempo sentado en posición de escribir, ni en la mesa ni en la cama. Pero vayamos de a poco, contando, por ejemplo, que la operación, de cerca de tres horas, resultó muy bien, que el propio médico así lo expresó, y que a medida que se me fue yendo la anestesia no podía creer que los dolores que tanto padecimiento me generaban... no estaban ya. Obviamente, me dieron analgésicos y sigo con ellos, pero es porque tengo una herida de más de veinte puntos (unos dieciocho centímetros) más todas las costuras internas para volver a poner músculos y demás en su lugar.

    Camino desde tres días después de la operación, naturalmente que por el momento con la ayuda de un andador, mi inseparable Rengomóvil por algunas semanas. Pero por el momento, mucho reposo.

    Denme unos días, vuelvo para seguir contando.