lunes, 30 de enero de 2017

Una pinchadura en la autopista

         Desde hace un tiempo –un par de semanas, o tal vez más- me viene llamando la atención la cantidad de vehículos detenidos en la banquina de la autopista La Plata-Buenos Aires cambiando una rueda. Sin apelar a las estadísticas, me pareció que ver unos cuatro o cinco autos con la goma pinchada en un trayecto de poco más de cuarenta kilómetros de ida y otro tanto de vuelta, resulta llamativo.

         Esta mañana me tocó a mí la pinchadura. Íbamos dos en el auto –mi compañera de trabajo María y yo, ya que el tercero habitual está de vacaciones- y paramos en la banquina encendiendo las balizas. Dado el estado precario de mi osamenta decidí llamar al número de emergencias de AUBASA (*288) que me mandaran un auxilio para hacer el recambio de la rueda pinchada, la trasera derecha. Educadamente me dijeron que enseguida llegaría la grúa.

         Había pasado media hora y al ver que no había novedades estaba a punto de hacer el reclamo cuando dos motos de la policía se acercaron a ver que necesitábamos. Le expliqué la situación al efectivo que pareció ser el de más grado dado que fue quien habló. Preguntó de dónde veníamos, hacia dónde íbamos, y un par de cositas como para tantear el asunto.

         Entonces explicó que ellos no tienen permitido hacer ese trabajo de cambiar la rueda a un vehículo detenido por ese desperfecto.
-         Me parece correcto –le respondí-. Yo tampoco quiero que lo hagan, sino que prefiero que estén atentos a otras situaciones que hacen a la seguridad de quienes transitamos por la autopista.
-         Pero a veces, si hay una persona mayor o con problemas o una señorita, lo hacemos -explicó.
-         No es necesario, sobre todo siendo de día –le dije.

Y el tipo insistía. No sé a quién se refería con lo de “persona mayor”, pero estaba claro que la “señorita” era mi compañera María: es joven, bella mujer y ¡señorita!

A la cuarta negativa de mi parte tomó el celular –no una radio- y pidió o hizo como que pedía una grúa. “Ya se la mandan –me dijo-. Que tenga una buena mañana”. Y se fue junto a su compañero en sus respectivas motos.

Decidí poner manos a la obra e intentar hacer yo el trabajo. Bajé la rueda de auxilio, aflojé los bulones de la que estaba colocada, puse el crique donde inndica el manual del auto y empecé a darle vueltas a una manija que no debe llegar a los treinta centímetros de largo. María me ayudó en el último tramo, hasta comprobar que si bien la rueda averiada salía con facilidad por estar desinflada, faltaban como cinco centímetros más de altura para poder colocar en su lugar el auxilio. Y el crique ya estaba al límite de la rosca.

Una pinchadura en la autopista

Entonces reclamé el auxilio, me dieron explicaciones y pidieron disculpas y en dos minutos exactos llegó la grúa y el operario con su crique salvador.

Nuevamente en viaje no pude menos que reírme –no valía la pena indignarme- por la actitud del policía: me es difícil no adivinar que quería que le pidiera que cambiara la rueda a cambio de algún billete. O al menos, de poder contar después que le había hecho el favor a un viejo carcamán acompañado de una rubia fenomenal.

En fin, cosas que pasan en un nuevo capítulo de Operación Cadera que podríamos titular: “cómo cambiar una rueda con una cadera artrósica y un crique un talle más chico”.


miércoles, 25 de enero de 2017

Renovado hasta los huesos

Se largó 2017, nomás. Ya nos gastamos casi un mes del año nuevo y, terminadas las vacaciones laborales, hay que asumir que algo debe haber de cierto en eso de “año nuevo, vida nueva”.


Uno vuelve renovado tras diez días en las sierras, aunque sean las de Tandil, las montañas más viejas del mundo que por su edad quedaron así de bajitas, gastadas como los huesos de mi cadera pero sin opción a recambio.

Y ya que toco el tema debo decir que, a medida que pasa el tiempo y muchos leen el Diario de un Rengo, no son pocos los que con una mano sobre mi hombro me dicen “operate, no te dejes estar, no esperes más; vas a ver que te cambia la vida”.

Agradezco los consejos y el aliento. Los tomo muy en serio, porque el tema no es broma. La decisión de operarme está tomada, asumida, pensada y repensada. Me inquieta un poco el postoperatorio, pero dejemos eso para después: me iré amigando con la situación a medida que se vaya presentando. ¿Para qué alimentar una angustia sin sustento?

La semana que viene, iniciado febrero, pediré turno con Davor Luger y allí iré a conversar con él, esta vez acompañado por Laura, que será quien junto con José deberá mantener la lucidez en el durante y el después del quirófano además de tomar las riendas en el tiempo posterior.

La charla con el médico será de orden práctico (fecha, tiempo de internación, tiempo de recuperación en casa y características del mismo, cuánto estaré sin caminar, cuánto sin manejar) y técnico (cómo será la operación, qué prótesis me pondrá, qué podré hacer en lo inmediato y qué no, etcétera).


Así pinta 2017, un año de renovación que, en mi caso, llegará hasta los huesos (o alguno de ellos, bah) y que lo empecé con el pie derecho porque el izquierdo, por la cadera con artrosis, no lo apoyo del todo bien. 

martes, 24 de enero de 2017

Ahí me va gustando



Finalmente parece que le voy encontrando la vuelta a este asunto del blog. No me gustaba mucho cómo estaba mezclado el diario de un rengo con los otros temas. Por eso, más allá de que ahora tengo que entenderme con el diseño de dos blogs a falta de uno ( lo que ya me costaba bastante) el lector podrá optar por uno u otro, sin que se mezcle la hacienda: 
eldiariodeunrengo.blogspot.com.ar o guillermojdefranco.blogspot.com.ar con la Bitácora de Guillermo Defranco. ¡O los dos!. Pónganse cómodos y sigan leyendo.

Renguera de gentleman

Es evidente que el comportamiento sintomático de la artrosis de mi cadera es aleatorio: un día duele mucho a la mañana y poco a la tarde, otro día me levanto fenómeno y ni me acuerdo de la afección y al final del día no sé qué hacer para encontrar alivio... y –creo haberlo dicho antes- sin poder relacionarlo con algo específico. Ayer tuve un día bastante bueno. Tomé mis 600 mg de ibuprofeno con el desayuno a las 7 de la mañana y hasta doce horas después, si bien sentía alguna molestia, caminaba parejito como un señorito inglés. Luego empezó el dolor --que por lo general se hace notar a la noche- a más de doce horas de haber recibido el analgésico/antiinflamatorio.

Anoche dormí tranquilo, excepto por el calor. Pero no hubo molestia manifiesta de la cadera artrósica. A la mañana sí tuve dolor, me mediqué y pasadas un poco más de dos horas ya todo estaba bastante aceptable. Pero luego del mediodía sentí un tirón en la parte superior de la nalga, o sea en su interior, donde articulan fémur y cadera. Volví a tomar una cápsula analgésica y a esperar: creo que cuando llegue a casa (faltan unas tres horas) tendré que ponerme hielo en toda la zona: si no me desinflama, al menos me va a anestesiar por un rato media asentadera.


Buena vibra

27 de diciembre

A decir verdad, no me queda muy claro en qué punto del espectro estoy parado cuando me conectan al aparatito de la terapia biomolecular. Le pregunté a Paula, la médica a cargo de mi caso, en qué frecuencia vibran las ondas que me aplican y me dijo "0,50 hertz". ¿Habrá querido decir "kilohertz"?
En Internet pude averiguar que uno de los tratamientos similares que se ofrecen en el mundo trabaja con frecuencias que van desde 1 a 10.000 herzios: o sea, hasta 10 KHz. Esto es ondas que pueden ir de de ELF o Extra Baja Frecuencia hasta VLF o Muy Baja Frecuencia. Por las dudas, y para no generar líos, no pregunté por la longitud de onda.
El principio de esta teoría es que todas las cosas tienen un comportamiento vibratorio, aún las que no vemos ni oímos. Bajo esa premisa considera que cuando algo anda mal en el organismo es porque está oscilando -vibrando- en una frecuencia que no le es propia o, por lo menos, con un tamaño de onda inadecuado.

Al exponer al paciente a la emisión de las frecuencias correspondientes -las cuales, a esta altura de la lectura, se entenderá que se miden en "herzios" o "hertz"- todo se acomoda y vuelve a ser como era o, al menos, mejora el cuadro, ya que no pueden reconstituirse tejidos como el cartílago, en mi caso específico.

Entonces cuando alguien te desea "buena vibra" a modo de saludo o de buena suerte -expresión que está en boca de mucha gente, hoy en día-, te está deseando que las células se te pongan en su lugar y comiencen a oscilar de manera ordenada y en la cantidad de hertz por segundo que la naturaleza mande. Por algo no me gusta ese tipo de saludo. Es como desearle al otro "que te baje el colesterol y se te resuman los triglicéridos"; "que el índice de PSA te dé bien", "que la eritrosedimentación no te pase de 12", o cosas por el estilo.

Lo cierto es que por el momento sigo adelante con el experimento. Parece ser que trae poco a poco alivio, nomás, aunque ya me dijo la doctora Paula que al principio el efecto es oscilante (lo cual parece una humorada), sobre todo porque aún no pasaron dos meses desde su inicio. Pactamos proseguir estas semanas con lo mismo que veníamos haciendo: una hora y media una vez por semana aunque con un leve descuento en los honorarios por mi asistencia perfecta en el tiempo transcurrido.


Y si bien no pierdo de vista que en marzo volveré a ver a mi traumatólogo Davor Luger para hablar de la casi segura operación, recién estamos en diciembre y, por ahora, hay que pasar el verano, parafraseando al ingeniero Álvaro Alsogaray, ministro de economía en los lejanos años '60 y a quien cuando hablaba, créase o no, le vibraba un ojo.


No todo es una lágrima

20 de diciembre


Acostrumbrado a quejarme, resulta que van dos noches que duermo sin dolor. Hay molestias, sí; antes de ayer dormí mal, sí, pero no por culpa de la cadera atrósica y sus secuaces los músculos y nervios, partícipes necesarios en esta confabulación que me tiene mal. Fue por culpa de Florencia, la perrita que trajo José y que tuvo la canina ocurrencia de ladrar hasta que llegó su dueño, a las cinco de la mañana. Seis y media sonó el despertador.

Nobleza obliga y vale decirlo: en los últimos diez días hay una sensible disminución del dolor y no creo que sea porque el ibuprofeno y el dioxaflex vienen más potentes que los anteriores. Habrá que creer, entonces, que la terapia alternativa basada en la manipulación molecular a través de biofrecuencias está haciendo algo del efecto prometido para después del segundo mes de tratamiento. Y yo apenas si cumplí las primeras cuatro semanas.

Al respecto, no hay mucho más para comentar, excepto que no siempre las sesiones son en la habitación con cuatro camillas, sino que me ha tocado ocupar alternativamente boxes individuales donde cabe poco más que una camilla y una silla. Al ser paredes de durlock, (casi) todo se escucha, fundamentalmente los ronquidos de quien aprovecha su tiempo de tratamiento haciendo una reparadora siesta.

No es mala idea, ya que en mi caso es una hora y media acostado sin hacer nada. Pero no sé si por el ruido ambiente (sonido de los equipos generadores de radiofrecuencia más conversación de las señoras infaltables en la sala de espera más las llamadas telefónicas) o por qué motivo no he podido conciliar el sueño hasta ahora. Veremos el próximo viernes si sumo mi suave roncar al mediodía del consultorio.


En tanto, sigo sin saber en qué segmento del espectro estoy parado (en realidad, acostado) cuando me aplican los electrodos. No volví a estar con la médica para poder preguntarle. Esta semana creo que podré.



"Barquina"

19 de diciembre

Andar por la vida dando barquinazos, rengueando en más o en menos de la pierna izquierda según el temperamento osteomuscular del día, me trae a la memoria aquello de andar "como zapallo en carro", es decir "de acá para allá" según las irregularidades del camino que hacen que lo que lleve un carro se bambolee de un lado para el otro.

Aunque a más de uno no le guste esto de autoproclamarme “rengo” aunque sea transitoriamente, las cosas son así. “Nada de Rengo, -me retó desde el otro lado del río mi amigo Diego Villanueva-. Vas a salir adelante”.  Claro que sí; si no, no estaría haciendo todo lo que hago y voy a hacer para mejorarme. Tampoco a mi esposa María Laura le gusta mucho que yo trate el tema con cierta humorada. Pero es para mí una manera de liberar tensiones generadas por los dolores actuales y la natural preocupación por lo que se viene.

"Barquina" junto al maestro Aníbal Troilo.
Y esto de la renguera trajo a mi memoria también a un personaje que Francisco Llano describe en su libro "La aventura del periodismo", donde relata y describe ámbitos y personajes del periodismo de Buenos Aires de mediados de la década de 1920 hasta finales de los años '40. Eran los años del reinado de los diarios Crítica y El Mundo donde escribían plumas de la talla de Borges, Arlt, Petit de Murat, el Malevo Muñoz. Y entre ellos estaba Francisco Loiácono, a quien este último apodó "Barquinazo", apelativo que el propio aludido resumió en "Barquina". Los biógrafos aluden a su andar "compadrito", con seguridad era una forma eufemística de referirse a su renguera.
 
Bajo de estatura y rollizo, de traje de medida y moño, Barquina ingresó al diario Crítica como ascensorista, fue secretario de Ulises Petit de Murat -maestro de redactores, si los hubo- y en diez días ya era hombre de confianza del director y propietario del diario, Natalio Botana.

Amigo de Carlos Gardel y de Carlos de la Púa, salvó a muchos de sus amigos de los malos trances de los verdugos torturadores de la Sección Especial de la Policía. Su experiencia como cronista de Policiales le abría muchas puertas en ese ámbito.

Se cuenta que siendo Juan Perón presidente, Loiácono lo fue a visitar y sin tapujos se despachó con esta frase: "Lástima que chapó este laburo de Presidente. Con la pinta que usted tiene ¡qué flor de cafisho pudo haber sido!"

En su fiesta de casamiento tocaron siete de las orquestas más importantes de Buenos Aires al tiempo que compositores consagrados como Firpo y Canaro le dedicaron decenas de tangos.

Yo no lo tengo a Gardel, pero tengo un tanto así de afectos que valen mucho más de lo que cualquiera pudiera imaginar.



Tire y afloje

20 de noviembre


       Si el osteópata del que hablé antes tenía razón, yo debería empezar a sentirme de maravillas a juzgar por la lucha sin cuartel entre el dentista y yo. Claro que podría haberme echado una maldición por haberlo dejado colgado en la segunda consulta a la que nunca asistí en venganza por su mal trato y el dislate de atribuir al estado de mi dentadura la causa de todos mis males.

Mientras tanto, y en honor al odontólogo interviniente, debo decir que el postoperatorio de la extracción de la muela fue tranquilo. Ibuprofeno, antibiótico, hielo y reposo hicieron que no hubiera dolor, al menos en grado preocupante. Hoy, a tres días del hecho, me reencontré con el mate que tenía vedado. Parece ser que el movimiento de succión –sea a través de una bombilla o de un cigarrillo- atenta contra la cicatrización de la herida resultante de la extirpación dentaria.

Pero acá estoy, listo para la mordida y feliz de que el organismo responda de maravillas defendiéndose ante los ataques de la ciencia. Diez puntos la cicatrización y dolor en nada comparable con los de mi cadera izquierda. Rengueo, pero vamos por más.

03 de diciembre

Me resisto a pensar que el dolor es una cuestión aleatoria: hoy se siente en todo su esplendor, mañana no tanto, pasado te vuelve a doler, después nada... Y hasta sucede que después de un día de mucho dolor, a la noche casi no se siente; o al revés: paso un día tranquilo, y después no me deja dormir.

No encontré respuestas ni en el médico ni en el gran oráculo de este tiempo que es Internet. Pero puesto a elucubrar sobre el tema y comprobar que nadie me estuvo retorciendo los músculos tibiales durante la noche ni encendiendo fuego en la cabeza del fémur y que tampoco nadie estaba parándose sobre mi rodilla, arriesgo mi propia teoría doméstica de que hay variables que se cruzan o combinan, y acaban por producir ese efecto. Quiero decir que posiblemente dependa de un factor físico (mayor o menor exigencia articular y muscular como caminar de más o estar mucho tiempo parado) más otro factor que puede ser químico (hormonal, medicación en sangre, determinada alimentación combinada con los anteriores).

Por lo que fuere, después de un día “intermedio” en cuanto a los dolores que me acompañan, tuve una noche en la que tenía la sensación de que me clavaban un clavo de no menos de seis pulgadas a tres centímetros de la ingle.

Suelo recurrir, al acostarme, al hielo aplicado sobre articulación y músculos, el cual voy corriendo a uno y otro punto en busca de un alivio que no siempre llega. Y entonces vuelve el interrogante: ¿qué es lo que hace que un día sea “pasable” y el otro insoportable?


El laboratorio del profesor Neurus

11 de noviembre


Con expectativa, curiosidad y estudios debajo del brazo, esta mañana me encaminé a la consulta de terapia alternativa, biofrecuencial, biomolecular y etcéteras, en un nuevo y apasionante capítulo de la “Operación Cadera”. Debo reconocer que la primea impresión me impactó: nada de consultorio de excelencia, de medicina de avanzada, ni siquiera de médico de barrio: una casa del barrio norte de La Plata devenida en centro de consultas y tratamientos, pero bastante pobre de pintura y mantenimiento, sin recepción, ni secretario o secretaria; nada que se estile.

De impecable ambo azul me hizo pasar Maximiliano, quien tomó mis datos, me cobró la consulta ($200, por ser la primera) y me explicó el funcionamiento del tratamiento. Luego me atendería la doctora Paula.

A modo de música funcional, la sala de espera estaba invadida por sonidos agudos ascendentes y descendentes en suave curva: algo me hizo relacionarlo con el laboratorio del profesor Neurus de la historieta de Hijitus, con la sala de radio del Radio Club City Bell en momentos en que hay operadores activos, o con la más doméstica sintonía de una radio de onda corta.

Paula se presentó como médica asignada a mi eventual tratamiento. Con verba y gesticular cuidadosamente estudiados extendió su saludo recomendándome que me levantara de mi asiento con cuidado, porque seguramente tendría dolor, etcétera, etcétera. Como si yo no lo supiera. Lo tomé como un cumplido, como una manera de romper el hielo y ganar confianza. Aceptado.

La doctora me detalló en qué consiste la terapia alternativa que ofrecen, respondió mis preguntas y me di cuenta pronto por qué me había llevado a diciembre física en cuarto año del secundario y tuve que volver a rendirla en marzo. Sin capacidad para cuestionarla, decidí iniciar el tratamiento, que durará unos cuatro meses y recién hacia la mitad, me dijo, comenzaré a sentir mejoría, aunque nunca una cura: no se puede reconstituir un tejido como el cartílago, remarcó.

Luego de la conversación con la médica me hicieron pasar a una habitación en penumbras donde de cuatro camas, yo ocupé la segunda. El asistente (¿enfermero?) me colocó cuatro electrodos conectados a un aparato como los que utilizan los kinesiólogos y entonces comprendí que el sonido sinusoidal que escuchaba en la sala de espera era emitido por unas almohadillas circulares (del tamaño de un alfajor mediano con poco relleno) en que terminaban los cables. Dos leds azules, uno a cada extremo de la cama, parpadeaban cuando la onda sonora llegaba a su extremo más alto.

Habrá que esperar. La primera parte del tratamiento –cuando debo empezar a sentir mejoría- concluirá un poco antes de la fecha en la que deberé comenzar a conversar con el traumatólogo cirujano. Si todo funciona como prometen, tal vez vaya a verlo para decirle que guarde el bisturí hasta nuevo aviso. Una nueva expectativa en la antesala de soplar mis cincuenta y seis velitas.

17 de noviembre

Un maestro, Jorge Bohórquez. En mi rengueante camino a la cirugía de cadera debí pasar por el consultorio del odontólogo, a tres años de mi última consulta. Ya comenté que tengo un reflejo de arcada inmediata hasta cuando me cepillo los dientes, así que lo esquivo lo más posible. En aquella ocasión, cuando me tuve que extraer una muela, valoré mucho la prolijidad y paciencia de Jorge, el profesional de marras.

La semana pasada volví a visitarlo y además de recomendar un par de arreglos de poca monta, dictaminó la necesidad de oblar un molar del que quedaba poco y nada. Arreglamos turno doble para hoy y allí fui, justo al mediodía, dispuesto a jugar un tira y afloje entre mis arcadas y su instrumental dentro de mi boca.


No le fue fácil, no tanto por mis reacciones involuntarias sino porque la raíz a extraer no estaba dispuesta a rendirse ante la primera intimación. Una hora de trabajo y tironeo y algún punto de sutura insumió el tema, más dieta líquida por el resto del día. Teniendo en cuenta que el desayuno fue también más que frugal para evitar la catástrofe que podría sobrevenir a la arcada, tal vez me ayude a limar algunos gramos a mi sobrepeso. Está dicho que no hay mal que por bien no venga.

Escatología postoperatoria y tratamiento alternativo

24 de octubre


Aunque en teoría faltan cuatro o cinco meses para la posible operación y hago como si estuviera tranquilo, que hay muchas cosas por hacer antes, el tema ronda mi cabeza en cuanto me descuido.

Las peguntas afloran cuando menos las espero y entonces empiezo a imaginar, a suponer. Me refiero a las preguntas de orden práctico porque a las otras, las de orden filosófico y espiritual prefiero, sí, tenerlas a raya hasta llegado el momento. Mientras tanto sigo rengueando.

Ya sé que luego de la intervención, en dos o tres días me hacen caminar. Luego son unos treinta días de reposo que irá menguando con el paso de las semanas, pero serán treinta días de dormir boca arriba, de caminar con muletas o con andador (la “mesita del televisor", como le dicen), de depender de un tercero para trasladarme, para higienizarme, para...

A propósito, una de las indicaciones postoperatorias del médico fue la necesidad de usar un elevainodoros, un dispositivo que se superpone al artefacto sanitario para que la persona –en este caso, yo- no deba sentarse en posición casi agachada. La cuestión es que por un tiempo la cadera no deberá ser flexionada a noventa grados o menos, cosa que solemos hacer al sentarnos en asientos relativamente bajos.
Que el postoperatorio sea relajado, por lo menos.

Luger explicó que los inodoros tal como los conocemos son una invención francesa del siglo XVII, época en la cual el promedio de altura de la persona adulta era de algunos centímetros menos que en la actualidad. Al parecer Napoleón no era el único petiso en la antigua Francia y por lo tanto, al diseñar el artefacto para tan higiénica acción, lo hicieron más bajo de lo que hoy lo necesitamos. Y lo más increíble es que aún nadie se animó al escatológico desafío de modificarlo.


31 de octubre

La idea de estirar el momento cúlmine de la “Operación cadera hasta febrero o marzo obedece a evitar los calores veraniegos en cama, vendado, inmovilizado. Además, es tiempo como para tratar de bajar unos kilos, hacerse los chequeos de rutina, hacerse una pasadita por el odontólogo... en fin.

Lo difícil será ir domando los síntomas día tras día, ya que el ibuprofeno y el diclofenac se hacen sentir en el estómago y no hay mucha otra alternativa para el dolor. Un poco de crema o gel de uso externo pero que también llega al estómago a través del torrente sanguíneo, tratar de elongar algunos de los músculos del muslo y fortalecerlos con ejercicios pero hasta ahí, porque la movilidad es cada vez más limitada. Si el día es de poco dolor, me subo a la bicicleta fija y pedaleo un ratito –cinco o diez minutos es lo que aguanto- lamentando que en ese tipo de bicicletas no haya pendientes hacia abajo para aprovechar el envión y dejar de pedalear.

Y en la búsqueda de soluciones aparece la acupuntura como terapia para el dolor y una consulta para una terapia alternativa de campos biofrecuenciales no invasiva y sin medicamentos, ni inyectables ni por boca, que dice ser organizativa y biomolecular. Mucha palabra que me dice poco, pero al fin y al cabo, la terminología de la medicina convencional tampoco le dice nada a un lego en la materia como yo. Después del 11 de noviembre les cuento.

8 de noviembre

Como si temieran caer en el olvido, cadera y músculos se combinan ciertos días y, como si sufrieran de ansiedad crónica, se manifiestan particularmente inquietos. Anoche, por ejemplo. Me había hecho mis tratamientos paliativos caseros (elongación, hielo, movimientos de rotación) y me dispuse a dormir como siempre. Pero ellos, como chico caprichoso o al que le duela la panza, se encargaron de despertarme una y otra vez con ese dolor punzante entre la quemazón y el torniquete, y hasta la sensación de que algo pujaba por perforarme el glúteo para llegar a la articulación. Simultáneamente tenía la impresión de que alguien tironeaba de los cuádriceps para despegarlos del hueso.

Finalmente sonó el despertador; me levanté, me duché con agua fría –dejé por un rato que el agua cayera sobre el muslo díscolo-, me apliqué diclofenac en crema y complementé el desayuno con 600 mg de ibuprofeno, previacápsula de antiácido. Un par de horas después todo empezó a tranquilizarse.


Es al ñudo que te fajen

15 de octubre


No se iban a salvar. Quienes suelen leer mi Facebook o quienes tienen la (des)dicha de escuchar mi programa de radio Hablando de City Bell, conocerán el texto que les comentaba ayer sobre el tema de bajar de peso y sus muchas posibilidades de fracasar. Por eso decidí copiárselos a continuación, tanto como para sacarlos del tema de la cadera y mis ayes. Lo titulé “Es al ñudo que te fajen” y dice así:

Desde el momento mismo en que nació el cronista viene acumulando una vasta experiencia en el tema de las dietas y sospecha que tiene el abdomen atiborrado de ella. Dos más dos nunca es cuatro cuando de bajar se peso se trata. Y eso es lo que hacemos: tratamos de bajar de peso o, por lo menos, de que nos entre la ropa. Nada de “barriga llena, corazón contento”.

La mayoría de los médicos (y los no médicos) no nos creen a los gordos. No creen que uno no es afecto a las pastas, que no toma alcohol, que se mantiene alejado de las picadas y los sánguches, que por su hígado tenebroso no frecuenta las frituras, que se mantiene impertérrito ante el tarro de dulce de leche y evita comprarlo, que cocina y come sin sal.

Cierto especialista pareció haber descubierto la piedra filosofal: pidió análisis completos y un poco más y llegó a la conclusión de que padecemos una insuficiencia de la glándula tiroides. “Eso es lo que no te permite bajar de peso”, nos dijo, y nos extendió la receta para que cada mañana ni bien despertemos pero media hora antes de desayunar, nos mandemos una pastillita de levotiroxina. Pasan los años, desayunamos cada día con la maldita pildorita violeta, y la panza sigue allí, desbordando el cinturón.

Otro nos colgó un aparatito que se inflaba y desinflaba cada 15 minutos durante 24 horas para controlarnos la presión arterial, nos dijo “hacé vida normal” y cuando vio los resultados se asombró de algunos “picos” en el registro: coincidían con los embotellamientos de tránsito que habíamos padecido, con álgidas reuniones de trabajo, con apurones para cruzar la avenida 9 de Julio antes de que hicieran el metrobús. “Ah, no, si te estás haciendo este estudio no podés hacer esas cosas” dijo, horrorizado por nuestra “vida normal”.

No sabemos si nuestra vida es normal, pero podemos asegurar que sí es habitual. Como conclusión descubrió lo que ya sabíamos: padecemos hipertensión arterial y nos indicó otra pastillita que debemos tomar a la mañana, ni bien nos levantemos pero después de haber digerido durante 30 minutos la de la tiroides.

- ¿Qué suele desayunar?
- Nada, doctor. Hasta media mañana no me pasa nada por la garganta.
- Ah, no. Así nunca va a adelgazar. Una taza de te/café/mate cocido con leche descremada y sin azúcar (puede ponerle edulcorante), más dos tostadas con queso crema descremado (si es “descremado”, ya no es queso “crema”, creemos), o un trozo del tamaño de un cassette de queso por salut descremado y sin sal(¿un cassette? en qué año estamos? Menos mal, al menos, que no dijo del tamaño de una micro tarjeta de memoria), dos cucharaditas de mermelada diet. A la infusión le puede agregar dos cucharaditas de cereal sin azúcar. Puede reemplazar las tostadas por dos rodajas de pan integral (no de centeno, no de salvado). Y un vaso de agua. Tiene que tomar por lo menos dos litros a lo largo del día, así que empiece a la mañana.
- Ajá. Veo que no nos estamos entendiendo. Vengo para que me ayude a adelgazar y en el único momento del día en que no tengo hambre, me embucha con todo eso. ¿En qué hablo, yo?
- ¡Y el lácteo en el desayuno! Que no le falten lácteos en el desayuno, porque le darán sensación de saciedad.
- Epa... dicen que no debemos tomar leche de ningún animal. Que el hombre es el único que toma leche de otra especie y eso va en contra de la naturaleza.
- Y no se olvide, a media mañana, de comer una barrita de cereal. La colación es fun-da-men-tal para ayudar al páncreas a segregar insulina de calidad.

Menú económico, ideal para bajar de peso.
Al mediodía, por supuesto, comer liviano. Uno está trabajando fuera de casa y tiene que ingeniárselas. “¿Pollo a la plancha cocinado sin piel?  Sacáselo vos, el cuero; acá se sirve así” y no hay tutía. Pero claro, no es lo mismo. Como guarnición, un puré de calabaza, porque el de papa tiene muchos hidratos de carbono. “No abuse de la calabaza, porque es dulzona y eso indica que tiene azúcar. Con la calabaza no va a bajar de peso”, recuerda que le dijo otro médico. Ja, mirá vos, tan santito que parecía el zapallo ese, ahora resulta que engordás también comiendo esa porquería. ¿Zanahorias? “Sí, pero cruda. Porque cocida, engorda una barbaridad”. Y una nueva: “Papa, todo lo que quiera, siempre y cuando la deje enfriar luego de cocinarla”. ¿Para no quemarme? “No, porque al enfriarse cambia su estructura molecular y entonces los hidratos de carbono quedan encapsulados y no pasan al organismo”. ¡Ay, Maitena Heras, cuántas cosas  me quedaron en el tintero en el tiempo en que tratabas de que entendiera Química en cuarto año del secundario...!
También resulta que la fruta en el almuerzo es un arma de doble filo, “porque la fruta contiene ‘fructosa’ (obvio, no va a contener ‘verdurosa’ o ‘carnosa’), que es el azúcar contenido en la fruta. Así que no sólo no adelgazás sino que además te eleva la glucosa en sangre, y con el sobrepeso que tenés, vas derechito a la diabetes”, le dijeron. ¿Habrá sido ése el pecado de Adán y Eva?

“¡No comas frutas ni nada crudo después de las seis de la tarde”, nos dijo una diminuta médica que basa su ciencia europea en la depuración del intestino porque éste es como la raíz del organismo, y como tal tiene la función de extraer las proteínas de los alimentos. Así que nada de frutas ni ensaladas después de la hora del té. Bueh. Nada de fruta cruda en la mañana ni en la tarde, tampoco en la cena, nos queda la noche, entonces. Habrá que poner el despertador a las dos de la madrugada, por ejemplo, y levantarse a comer una mandarina sin culpas.

“¿Usted tiene hambre a la noche? Quiero decir, ¿se levanta a la noche y va a mirar qué puede comer de la heladera?”, inquirió otro de guardapolvo blanco. En fin, estamos al horno.

Al horno, en lo posible, no, le dijeron. “Es preferible que haga unas verduras al vapor –no hervidas, porque pierden las proteínas- o a la plancha: coliflor, brócoli, apio, rúcula (ya es incomible cruda, ¿te imaginás puesta en la plancha?),zanahoria, berenjena, chauchas, tomate... Recuerde que las papas, las batatas, el choclo, la remolacha, están pro-hi-bi-das(bueno, la papa fría no, según parece)”. De ahí a la parrillada de verduras, sólo hay un paso: hay gente que merece ser denunciada ante la Santa Inquisición y quemada viva en la hoguera pública por el sacrilegio de reemplazar un costillar de ternera por rabanitos.

¿Aceite? Sólo una cucharadita tamaño té (se ve que la medicina no se avivó de que la de café es más chiquita aún), siempre y cuando sea de oliva (vale arriba de los ciento cincuenta mangos el litro), maíz, canola (¿lo qué?), porque tienen omega 3, 6 y 9 (al menos no tiene 6-7-8), que son antioxidantes y ayudan a bajar el colesterol malo. Pero esa es harina de otro costal y las harinas también están prohibidas, excepto que sea harina integral y en poca cantidad.

El del colesterol y los triglicéridos es un tema aparte. No hace falta tener sobrepeso para padecerlo y días atrás supimos de una nueva veta consumista a causa suya. Se ha descubierto que el aceite de chía es un buen arma contra la grasa acumulada en las arterias y se extrae de unas semillitas que se parecen más suciedad de lauchas que a las semillas. Hay quien la consume entera y quien la muele, para lo cual utilizan un mortero como el que usaban las bisabuelas antes de que se inventara la Moulinex, pero de no más de cinco centímetros de altura.

A pesar de que nos han dicho que para que haga efecto contra el colesterol hay que consumir más de media taza de semillas de chía por día –un pasaporte para instalarse en el inodoro por un par de horas-, decidimos apostar a la dosis homeopática e intentar con una o dos cucharaditas en el desayuno.

“La chía tenés que consumirla en el desayuno o mezclada con la comida. Pero tiene que estar triturada; si no, la tragás y la digerís entera de tan chiquita que es, y no te hace efecto”. Entonces pedimos chía triturada.

“No lleve triturada -dijeron en la dietética-, porque es lo que queda después de extraerle el aceite para elaborar las cápsulas de aceite de chía. Ponga una cucharadita de semilla entera en la leche, el café o lo que sea, y en cinco minutos notará que se desprende una baba. Eso es el aceite”.

A pesar de que lo de la baba nos causó cierta repugnancia, compramos la semilla de chía entera más un frasquito de cápsulas de aceite de chía, por si un día no tenemos tiempo de desayunar o si lo hacemos con mate: jamás permitiríamos mezclar cosas raras en nuestra infusión preferida.

- Ojo con el mate, porque le va a dar mucha acidez. En todo caso, tome mate cocido.
- ¿Ajá? ¿Y cuál es la diferencia?
- En que el mate cocido no da acidez.
- ¿Ah, no? No me diga...
- No, porque la acidez del mate es producida por el aire que chupa a través de la bombilla.

Mirá vó: resulta que ahora la culpa la tiene al aire y no las xantinas presentes en la mayoría de las hierbas y semillas consumidas en infusión. Adiós Milanta: dejemos de respirar y chau acidez.

En la fiambrería de la calle Silva nos contaron la historia de un matrimonio cuyos integrantes superan ya los setenta años de edad cada uno. Siempre habían comprado queso sin sal descremado, jamón natural sin grasa, lomito (bajo contenido graso) y otras pretendidas exquisiteces recomendadas para llevar una vida saludable. Pero un día pidieron variedad de fiambres, quesos saborizados, encurtidos varios... Ante la pregunta de si tenían visitas, la respuesta fue natural y contundente: “Nos venimos cuidando desde los 40 años. Nos llegó la hora de disfrutar un poco”. Sabio razonamiento. En quince años revoleo la chancleta.

Pero volviendo al colesterol y los triglicéridos, hay que consumir mucha fibra para contrarrestarlos, pero no de las Sylvapen. Son las fibras de los vegetales (tres días comiendo ensaladas y nos quedamos a vivir en el baño) y las de los cereales, esos de las barritas para comer como colación y así completar las seis comidas diarias recomendadas.
-Nadie adelgaza comiendo cereales. En todo caso, si tenés mucho hambre, comete un turrón.
- ¿Un turrón? ¿La pasta de turrón no tiene mucha azúcar?
-Entonces, nada. Porque nadie debe tener necesidad de comer una colación. Las comidas son cuatro y nadas más. Porque el páncreas está habituado a recibir materia prima para generar insulina sólo cuatro veces por día y si le damos más, lo estamos exigiendo (¿antes no nos habían dicho lo contrario?). Si estás ansioso, comé pikles.
- Ah, claro: me meto unos coliflores, unas cebollitas y unos pepinos en vinagre en el bolsillo para ir masticando en el laburo... Después te cuento.

“Yo no soy especialista en el tema –nos dijo Carlos Castilla, maestro cirujano y radioaficionado- pero la experiencia dice que tenés que tener demasiada fuerza de voluntad para bajar de peso si no lo hacés con el acompañamiento de un nutricionista”. Por eso uno probó todo lo que probó y hasta ahora el más acertado y comprensivo de los profesionales ha sido José Hernández, quien sintetizó su tesis doctoral en las estrofas del Martín Fierro, donde dice: “al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen”.


La renguera de mi abuelo José y la decisión de L.

Octubre de 2016


En los apuntes de mayo había quedado en que debía volver al médico un mes y medio después. Ese mes y medio pude hacer que durara desde mayo hasta octubre. El síntoma se fue agravando y el dolor comenzó a irradiarse hacia el muslo y la rodilla. Creí que la artrosis había llegado a la rótula, pero el profesional me explicó que se ve afectado el nervio femoral, que conecta precisamente cadera con rodilla y hace que ésta “llore” por la afección de aquélla. Romántica y pasional, mi pierna izquierda, pero no me hace ninguna gracia sentir que la rodilla se me está por desarmar en el próximo paso.

Mientras tanto sigo rengueando porque los músculos de la pierna enferma empiezan lentamente a atrofiarse y eso le suma debilidad y... más dolor. Yo siento como si me retorcieran el hueso (en realidad debe ser el nervio) tensándolo desde los extremos y lo hicieran girar como en alguna época se envolvían los caramelos. Cada dolor, cada esfuerzo, es una profesión de fe en sí mismo: no dejo de proferir un “ay Dios” no sé si a modo de plegaria o como subterfugio en reemplazo de una puteada.

Mi abuelo José De Franco. Se trajo de la Primera Guerra Mundial
una herida en una pierna que lo hizo renguear por el resto de sus días.
A menudo me acuerdo de mi abuelo José, quien por más de siete décadas arrastró la renguera que le dejó la primera guerra mundial. Lo que debe haber sufrido ese hombre cuando fue herido (y asistido con la medicina de hace un siglo), en su convalecencia y en el tiempo posterior. Quizás el dolor lo haya acompañado toda su vida aunque nunca se dejó doblegar. Anduvo en bicicleta hasta por lo menos sus noventa años para que no se le notara la renguera al caminar, se justificaba él.


14 de octubre

Hoy, viernes 14, entonces, tuve turno a las seis y cuarto de la tarde (era el segundo de la lista de pacientes) y, como es su costumbre, Davor Luger llegó pasadas las siete. Lo bueno fue que el de las seis faltó, así que fui el primero. Al escuchar mi apellido me paré con esfuerzo y, rengueando, entré al consultorio.

-          Estás con dolor, Guillermo. Nunca te vi esa cara cuando te paraste y caminaste hasta acá.
-          No doy más, Davor. Y el meloxicam volvió a reventarme el hígado. Tuve que volver al ibuprofeno y el diclofenac pero los tomo salteado, para no exigir al estómago.
-          Te vas a hacer otra placa ahora, acá mismo; avisame cuando terminaste y la voy a ver a radiología.

Los avances de la electrónica y la cibernética son maravillosos. Por empezar, ya no hay que ir a IOMA y hacer cola para autorizar una Rx; se lo puede tramitar desde el mismo lugar de atención vía Internet. Además, al ser una radiografía digital, el especialista puede ir en el momento y verla en pantalla. Claro que algo falló. El doctor Luger. quería copiarla en su teléfono celular pero el sistema digital del servicio de rayos del sanatorio se había empacado y el médico tardó como cuarenta minutos en regresar al consultorio.

La imagen es patética: casi no hay separación entre ambos huesos. Se vé sólo una rendija en la parte inferior y el resto está en contacto, hueso contra hueso. No hay cartílago ni ninguna otra cosa que se interponga entre la cabeza del fémur y el cotilo, la cavidad de la cadera donde articula aquél. Tanto se habla de cerrar la grieta en nuestra Argentina de hoy, y en mi caso resulta contraproducente.

Entonces Davor Luger dijo que ya no hay alternativa.

-Esto no es de urgencia, pero no queda otra posibilidad que una prótesis. En cinco meses es mucho lo que avanzó y por eso también te duele tanto. La decisión es tuya –agregó aciariciándose la barba-, vos decidís cuándo. Como te dije, no es urgente y depende de vos.

Lo que Davor me decía era lo que esperaba escuchar desde dos consultas atrás pero que afortunadamente se había demorado todos esos meses; algo es algo.

Le recordé aquello de que no le pediría de rodillas la operación. Agregué que si no quedaba otra alternativa, estaba dispuesto a proceder al recambio de cadera y, mirando el almanaque, le pregunté si podía esperarse a febrero o marzo.

-Sí, como te dije; lo decidís vos. Además, vas a tener que hacerte un chequeo, asegurarte que no tenés infecciones en la boca y, sobre todo, bajar de peso.

Je. Ahí me quiero ver. Mi odontólogo se va a tener que enfrentar con mi reflejo a la arcada, algo ingobernable en mí que se ha convertido en el terror de los dentistas. La doctora Silvia se debe acordar cuando le vomité el molde para hacerme un perno, esa pasta inmunda que ellos mezclan como si fuera masa para un bizcochuelo y te meten en la boca de prepo como mi tía abuela nos hacía comer queso aunque no quisiéramos.


¿Y bajar de peso? Sí, claro. Decirlo es fácil, sobre todo si el que tiene que adelgazar es el otro. Tengo escrito algún artículo al respecto y sigo sosteniendo lo que escribí ahí. No obstante, en diez días de suprimir la poca harina que consumía logré bajar cuatro kilos. Una nimiedad cuando lo que sobra es siete veces eso, pero por algo se empieza.