Noviembre de 2015
En la búsqueda de un poco si no de bienestar, por lo menos de
alivio, tras algunas averiguaciones solicité turno con un osteópata, en La
Plata. Tal vez por mi propia ignorancia confundí el tratamiento que ofrece éste
con el de un quiropráctico.
La osteopatía es un método de tratamiento de las enfermedades
basado en los masajes y la manipulación de las articulaciones, fundado en que
el cuerpo es capaz de elaborar sus propios remedios contra las enfermedades y
acepta el método terapéutico y de diagnóstico de la medicina científica.
Pretende corregir los desequilibrios del cuerpo desde un punto de vista
holístico, según el cual las diferentes partes de nuestro cuerpo se encuentran
interrelacionadas.
A diferencia de la osteopatía, la quiropraxia es una clase de
tratamiento médico orientado a dolores de los músculos o de los huesos a través
de masajes en la región afectada.
Lo cierto es que el osteópata, luego de hacer que me desvista
–nadie se siente más ridículo que cuando o hacen quedar en calzoncillos y
zoquetes- me observó por delante y por detrás, por derecha y por izquierda, y
me hizo acostar en una camilla. Manipuló mis piernas como si yo estuviera sano
sin importarle mis gritos de dolor. Luego me hizo abrir la boca, observó mi
dentadura y abandonó su mutismo y sus casi buenos modales:
- ¿Usted tiene
algún problema con el dentista?
- Yo con él, no.
En todo caso él lo tiene conmigo.
- ¿Por qué?
- Porque se le
hace muy difícil trabajarme la boca con mi reflejo inmediato a la arcada.
- Sus problemas de
cadera y de columna tienen origen en el estado deplorable de su dentadura. Si
no mastica bien, su esqueleto no puede estar bien.
No supe qué decirle. Si bien acepto que me faltan algunos
molares, jamás ningún odontólogo objetó la oclusión de mis maxilares. Más aún,
siempre me han dicho que mi mordida es perfecta. Y en todo caso, no encuentro
explicación para la malformación de mi coxis, la cual arrastro desde mi
nacimiento y supongo que desde el vientre materno.
En el final de la onerosa consulta –que ya había abonado por
adelantado- me dio un nuevo turno y me recomendó que por favor no faltara
porque tenía su agenda completa y eran muchos los pacientes que esperaban por
un hueco en sus horarios de atención. Le dije que se quedara tranquilo y nunca
más volví ni avisé.
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