Septiembre de 2015
En su consultorio de la calle Pellegrini, un tercer especialista
coincidió con el doctor Davor Luger. en cuanto al diagnóstico, pero su apuro por
afilar el bisturí resultó evidente: “Esto hace rato que está para operar”,
se despachó cansinamente.
Le hice caso a Davor. El hecho de que él conoce a otra persona con mis mismos
nombre y apellido hizo que congeniara mejor. Por lo menos esa es mi sensación,
aunque nada de eso disminuya mi malestar.
Así me vi embarcado en lo que
decidí llamar “Operación
cadera”, tanto como para ponerle un poco de humor a la cosa.
Recuerdo que en octubre de 1987
debí ofrendar a la ciencia el menisco interno de mi rodilla derecha. En esa
oportunidad me senté a la máquina de escribir –je, qué antigüedad- cuando ya
todo había terminado y estaba en casa recuperándome. Relaté las alternativas de
los tres o cuatro días de internación –cirugía incluida- y las titulé “Cazuela de menisco”,
cosa que divirtió mucho a Néstor Arias, mi
traumatólogo cirujano de aquel entonces.
Dos o tres años atrás forcé mi
mano derecha más de lo recomendable haciéndole frente a un tornillo retobado.
Le gané la pulseada (nunca mejor usada la imagen), pero quedé con heridas de
guerra. Lo que creí era un dolor pasajero derivado de la sobrefuerza aplicada
terminó siendo un diagnóstico de “dedo en resorte con compromiso del tensor y la segunda polea”.
Leandro Piñero, traumatólogo, puso fichas en las bondades de la
fisioterapia en sus muchas variantes. Pero al cabo de tres meses de tratamiento
dijo “no va más” y con un tajo de un centímetro en la palma de mi mano derecha,
más un vendaje del tamaño de un pomelo, me devolvió la movilidad. Con ese
panorama de mi dedo anular -presentado en esa terminología- mi padre, como buen
mecánico, seguro lo hubiese arreglado sin necesidad de cirugía. De haber
escrito algo sobre la intervención de mi dedo, bien podría haberlo titulado “Operación digital”.
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