Hagamos de cuenta que este blog se inicia conjuntamente con el
malestar físico que me llevó a la consulta médica. En ese caso, la fecha no
sería la de hoy (28 de noviembre de 2016), por cierto, sino de algo más de dos
años atrás. Pero debería ser hacker para engañar a la plantilla de blogspot
para que todo coincida y, la verdad, no sabría cómo hacerlo. Así que acá vamos.
La historia comienza más o menos así:
“A tu cadera hay que darle tiempo. Antes de operarte, le quiero dar
pelea hasta el final”, me dijo el traumatólogo Davor Luger mirando la radiografía que me acababan
de hacer. Alegó que antes de los sesenta años el paciente es demasiado joven
para una intervención como esa, y que él prefiere una cadera gastada pero
natural antes que una nueva pero artificial. Le contesté que nunca le voy a ir a pedir de rodillas que me opere, sobre
todo porque con mi cadera artrósica no me puedo arrodillar; pero el día que él
me diga que no queda otra opción me subiré sin discusión a la mesa de cirugía,
aunque para eso necesitaré de su generosa ayuda, obviamente.
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