martes, 24 de enero de 2017

Hagamos de cuenta


Hagamos de cuenta que este blog se inicia conjuntamente con el malestar físico que me llevó a la consulta médica. En ese caso, la fecha no sería la de hoy (28 de noviembre de 2016), por cierto, sino de algo más de dos años atrás. Pero debería ser hacker para engañar a la plantilla de blogspot para que todo coincida y, la verdad, no sabría cómo hacerlo. Así que acá vamos. La historia comienza más o menos así:   


A tu cadera hay que darle tiempo. Antes de operarte, le quiero dar pelea hasta el final”, me dijo el traumatólogo Davor Luger mirando la radiografía que me acababan de hacer. Alegó que antes de los sesenta años el paciente es demasiado joven para una intervención como esa, y que él prefiere una cadera gastada pero natural antes que una nueva pero artificial. Le contesté que nunca le voy a ir a pedir de rodillas que me opere, sobre todo porque con mi cadera artrósica no me puedo arrodillar; pero el día que él me diga que no queda otra opción me subiré sin discusión a la mesa de cirugía, aunque para eso necesitaré de su generosa ayuda, obviamente.


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