Agosto de 2014
La “Operación Cadera” empezó hace unos dos años, cuando mis
dolores recurrentes en la espalda y la cintura me llevaron a la primera
consulta médica con el traumatólogo, a cuatro cuadras de mi casa. Doble hernia de
disco y una colección de picos de loro a lo largo de las vértebras enhebradas
en díscola escoliosis daban un pronóstico pavoroso. “Si no bajás de peso y no te cuidás, no te veo
buen futuro”, dijo el especialista en aquella oportunidad. Gracias.
Todos te dicen el qué, pero nadie te explica el cómo...
Esto hizo que de manera
simultánea dejara mis caminatas de tres o cuatro veces a la semana, casi cinco
kilómetros y medio en cada sesión con el estímulo de Fernando Arias España, quien me
pasaba a buscar por casa ni bien yo llegaba de mi trabajo. Era una sutil
presión, una suave violencia sobre mi sedentarismo. Lo cierto es que cuidarme
en la comida más esta actividad física me había permitido bajar trece kilos en nueve meses.
Pero el dolor persistente y recurrente me obligó a parar y, por momentos, a
renguear.
Con los estudios debajo del
brazo peregriné por vez primera al consultorio del mencionado doctor Luger, en La Plata:
- Sí,
tu columna está complicada, pero más me preocupa tu cadera.
- ¿Por qué?
- ¿No
te explicaron?
Entonces, sobre la misma
resonancia magnética según la cual me habían diagnosticado la catástrofe
vertebral, me señaló que en la articulación entre la cadera y la cabeza del
fémur había poca luz y algunas irregularidades en la superficie de contacto
articular, lo que indicaba una artrosis bastante notoria para un organismo de
poco más de cincuenta años. “La solución es quirúrgica, pero no hay ningún apuro. Yo a tu
cadera la quiero pelear hasta el final”.
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