Se largó 2017, nomás. Ya nos
gastamos casi un mes del año nuevo y, terminadas las vacaciones laborales, hay
que asumir que algo debe haber de cierto en eso de “año nuevo, vida nueva”.
Uno vuelve renovado tras diez
días en las sierras, aunque sean las de Tandil, las montañas más viejas del
mundo que por su edad quedaron así de bajitas, gastadas como los huesos de mi
cadera pero sin opción a recambio.
Y ya que toco el tema debo decir
que, a medida que pasa el tiempo y muchos leen el Diario de un Rengo, no son
pocos los que con una mano sobre mi hombro me dicen “operate, no te dejes
estar, no esperes más; vas a ver que te cambia la vida”.
Agradezco los consejos y el
aliento. Los tomo muy en serio, porque el tema no es broma. La decisión de
operarme está tomada, asumida, pensada y repensada. Me inquieta un poco el
postoperatorio, pero dejemos eso para después: me iré amigando con la situación
a medida que se vaya presentando. ¿Para qué alimentar una angustia sin
sustento?
La semana que viene, iniciado febrero,
pediré turno con Davor Luger y allí iré a conversar con él, esta vez acompañado por
Laura, que será quien junto con José deberá mantener la lucidez en el durante y
el después del quirófano además de tomar las riendas en el tiempo posterior.
La charla con el médico será de
orden práctico (fecha, tiempo de internación, tiempo de recuperación en casa y
características del mismo, cuánto estaré sin caminar, cuánto sin manejar) y
técnico (cómo será la operación, qué prótesis me pondrá, qué podré hacer en lo
inmediato y qué no, etcétera).
Así pinta 2017, un año de
renovación que, en mi caso, llegará hasta los huesos (o alguno de ellos, bah) y
que lo empecé con el pie derecho porque el izquierdo, por la cadera con
artrosis, no lo apoyo del todo bien.

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