Desde hace un
tiempo –un par de semanas, o tal vez más- me viene llamando la atención la
cantidad de vehículos detenidos en la banquina de la autopista La Plata-Buenos
Aires cambiando una rueda. Sin apelar a las estadísticas, me pareció que ver
unos cuatro o cinco autos con la goma pinchada en un trayecto de poco más de
cuarenta kilómetros de ida y otro tanto de vuelta, resulta llamativo.
Esta mañana me
tocó a mí la pinchadura. Íbamos dos en el auto –mi compañera de trabajo María y
yo, ya que el tercero habitual está de vacaciones- y paramos en la banquina
encendiendo las balizas. Dado el estado precario de mi osamenta decidí llamar
al número de emergencias de AUBASA (*288) que me mandaran un auxilio para hacer
el recambio de la rueda pinchada, la trasera derecha. Educadamente me dijeron
que enseguida llegaría la grúa.
Había pasado
media hora y al ver que no había novedades estaba a punto de hacer el reclamo
cuando dos motos de la policía se acercaron a ver que necesitábamos. Le
expliqué la situación al efectivo que pareció ser el de más grado dado que fue
quien habló. Preguntó de dónde veníamos, hacia dónde íbamos, y un par de
cositas como para tantear el asunto.
Entonces
explicó que ellos no tienen permitido hacer ese trabajo de cambiar la rueda a un
vehículo detenido por ese desperfecto.
-
Me parece correcto –le respondí-. Yo tampoco quiero que
lo hagan, sino que prefiero que estén atentos a otras situaciones que hacen a
la seguridad de quienes transitamos por la autopista.
-
Pero a veces, si hay una persona mayor o con problemas
o una señorita, lo hacemos -explicó.
-
No es necesario, sobre todo siendo de día –le dije.
Y el tipo insistía. No sé a quién se refería con lo
de “persona mayor”, pero estaba claro que la “señorita” era mi compañera María:
es joven, bella mujer y ¡señorita!
A la cuarta negativa de mi parte
tomó el celular –no una radio- y pidió o hizo como que pedía una grúa. “Ya se
la mandan –me dijo-. Que tenga una buena mañana”. Y se fue junto a su compañero
en sus respectivas motos.
Decidí poner manos a la obra e
intentar hacer yo el trabajo. Bajé la rueda de auxilio, aflojé los bulones de
la que estaba colocada, puse el crique donde inndica el manual del auto y empecé a darle vueltas a una manija
que no debe llegar a los treinta centímetros de largo. María me ayudó en el último
tramo, hasta comprobar que si bien la rueda averiada salía con facilidad por
estar desinflada, faltaban como cinco centímetros más de altura para poder
colocar en su lugar el auxilio. Y el crique ya estaba al límite de la rosca.
| Una pinchadura en la autopista |
Entonces reclamé el auxilio, me
dieron explicaciones y pidieron disculpas y en dos minutos exactos llegó la
grúa y el operario con su crique salvador.
Nuevamente en viaje no pude menos
que reírme –no valía la pena indignarme- por la actitud del policía: me es
difícil no adivinar que quería que le pidiera que cambiara la rueda a cambio de
algún billete. O al menos, de poder contar después que le había hecho el favor
a un viejo carcamán acompañado de una rubia fenomenal.
En fin, cosas que pasan en un
nuevo capítulo de Operación Cadera que podríamos titular: “cómo cambiar una
rueda con una cadera artrósica y un crique un talle más chico”.
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