Si bien todavía no tengo fecha fija para la operación, sé que estoy en los últimos tramos de la espera. Ya encaré el chequeo médico -previo aún a los exámenes prequirúrgicos- y concerté nueva visita al odontólogo, quien tiene muchas ganas de extraerme una raíz molar como si fuera una zanahoria. Visitaré también al oftalmólogo: tengo un lagrimeo que no sé si es simple cansancio de vista o puede aparejar una eventual infección leve, pero peligrosa a la hora de una intervención quirúrgica como la de la cadera.
Paralelamente a todo eso, le dije adiós a la terapia alternativa de las biofrecuencias: si bien yo experimenté una leve mejoría y sabía que no me iba a traer cura, la idea era tratar de posponer lo que se pudiera la operación. Pero viendo el avance de la artrosis, decidí abocarme a la cuestión quirúrgica y dejar de lado al maravilloso laboratorio de Neurus (¿recuerdan que la primera vez que les hablé del tema les dije que por los sonidos de los equipos me hacía acordar al mítico laboratorio de la tira de Hijitus?).
Y mientras tanto tengo que seguir viviendo. Es decir, caminando, moviéndome en lo que pueda... Y no sé si es sicológico o real, pero hay días en que los dolores parecen acrecentarse. Me traen a la memoria mis peregrinaciones a pie a Luján: las últimas diez o quince cuadras me costaban más que los cincuenta kilómetros anteriores.
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