Uno de desacostumbra. Hace un tiempo que dejé de hacer ciertos trabajos de mantenimiento hogareño limitado en movimientos y posiciones precisamente por la cadera maldita.
Desde hace poco más de un mes me estaba esperando una de las puertas del bajomesada de la cocina. Con los pivotes gastados por el uso más la mesada rajada por no sé qué razón, ya no había forma de que la puerta quedara en su lugar poniendo en riesgo la integridad de los pies de quien anduviera cerca.
Después de estudiar las alternativas de reparación –ya el mueble viene de una antigua reforma en la que le convertí una cajonera en mera puerta- Compré dos tipos de bisagra diferentes además de un pivote nuevo. El sábado pasado, finalmente, junté coraje y trasladé todas las herramientas y tornillos que eventualmente iba a utilizar, con la ilusión de que no debería moverme demasiado. Pero las ilusiones, eso son: ilusiones y no realidades.
Debo haber hecho no menos de siete u ocho viajes entre el lavadero –lugar de operaciones previas a la colocación- y la cocina. Que una mecha, que un destornillador, que una medida diferente de tornillos, que una llave... Hasta tuve que encolar y empatillar el listón de madera que sostendría a la puerta en sus nuevas bisagras, ya que tenía un nudo y acabó por quebrarse. A las seis de la tarde de un sábado no tenía muchas posibilidades de conseguir uno nuevo.
Lo cierto es que con satisfacción de mi parte, el trabajo quedó terminado. El problema vino ayer, domingo, el día siguiente al del trabajo: me dolía todo. Se ve que me desacostumbré a ese tipo de trabajos que solía hacer con frecuencia, sumado eso a mi pierna izquierda ya limitada y maltrecha pero, por sobretodo, dolorida de por sí.
Jamás había pensado en un paralelismo entre montar a caballo y hacer un trabajo como éste, pero los efectos son semejantes: asentaderas con la sensación de haber sido pateadas durante dos horas y muslos entumecidos por la posición y el sentarme en el piso o arrodillarme y pararme varias veces, con el esfuerzo que eso significa para un rengo como yo. Pero me dije: prefiero arrodillarme (y levantarme) con esfuerzo lacrimógeno por hacer un trabajo y no por tener que suplicarle nada a nadie.
Las manos terapéuticas de mi esposa tienen trabajo para dos o tres días.
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