Amor
en abril
Era el año de la primavera. O como si lo
fuera. Aunque es otoño en el calendaraio, había témperas y acuarelas de
primavera en aquel par de almas enamoradas.
Correteaba por sus pupilas, en uno y
otro salto de grillo de atardecer el sentimiento animado de quien vive como el
primer día la presencia del ser amado. Y de su remanso desbordado, donde sus
pestañas eran una ronda alegre de juncos y totoras meneadas por la brisa pura,
una lágrima partió por la mejilla y se deslizó, como cuando era chico se dejaba
llevar por el declive del tobogán inalcanzable de maderas lustrosas pulidas por
tantas colas de purretes soñadores.
La letra temblorosa de él, en tinta negra,
había anotado sobre una servilleta del bar de San Telmo lo que su corazón le
dictaba: “...con la nueva luz brillan los pétalos palpitantes de las flores nuevas.
Y sus colores frescos, con los brillos inquietos del rocío evaporados de una
paleta de arroyo y escarcha, recorren los rincones de la vida dándoles su luz.
Se trata de historia ya escrita; y a su vez, de historia por escribir”.
Las estrellas de negro cristal
transparente de los ojos de ella y su sonrisa toda de bizcochos eran elocuentes
respecto de lo que su corazón de frezias estaba sintiendo. Del cielo estrellado
de su imaginación tomó él el lucero que tantos enamorados se han regalado y con
mucho cuidado y cariño lo envolvió en prolijo papel blanco de luna. Recortó del
poniente una cinta rosada y ensayó un moño. Contempló su paquete chueco y
arrugado -pensó que ella lo entendería- se lo entregó perfumado con la lavanda
del corazón.
Esa tarde revolotearon alegres los
gorriones del alma y los de la bandada. Porque ese atardecer fue un amanecer.
Con un sol tras una ventana con vista al pasado y hacia el futuro. Y los
gorriones vivieron el presente; y lo contaron, y con esfuerzo lo creyeron.
Abril, 1998.
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