domingo, 21 de mayo de 2017

Titanios en el ring

Las primeras horas después de la operación fueron un poco molestas, pero mucho menos de lo esperado. El antibiótico y el analgésico por vena hicieron su trabajo y para después del mediodía del martes ya me sentía casi perfecto. Tanto que cuando llegó a verme el médico, me retó por tener los pies cruzados, el derecho sobre el izquierdo, cómodamente. 

Luger me recordó de inmediato que desde hace cuatro años me viene diciendo que el postoperatorio requiere de treinta días en cama, durmiendo boca arriba y con las piernas levemente abiertas. Parece fácil, pero te quiero ver, sintiéndote bien pero no pudiendo moverte cuando en realidad, podés.

Me dijo entonces que el día siguiente me iba a sentar en la cama con los pies colgando (se hizo larga la espera, porque en lugar del miércoles vino el jueves) y que antes de darme el alta el viernes, me haría caminar.

Me dijo también que me había colocado la prótesis que él tenía prevista: una de titanio atornillada al hueso. 

¡Titanio! Confieso que me da cierta cosita eso de que me hayan quitado un trozo de hueso y en su reemplazo tener una pieza de titanio. Yo conozco muchos metales, pero no sé si alguna vez vi o tuve en mis manos un trozo de titanio. Supongo que el nombre le viene de su dureza y fortaleza, remembranzas de los legendarios titanes de la antigua Grecia.

Dice Wikipedia que "En la mitología griega, los titanes y las titánides eran una raza de poderosas deidades que gobernaron durante la legendaria Edad de oro.
Los titanes precedieron a los doce dioses olímpicos, quienes, guiados por Zeus, terminaron derrocándolos en la Titanomaquia (‘guerra de los titanes’)".

La otra opción me remite a Martín Karadajián y sus Titanes en el ring, pero prefiero pasarla por alto aunque resulte mucho más divertida.
A la necesaria quietud de mi pierna izquierda, operada y "entitaniada",  se sumaba la de mi brazo derecho, con una guía de suero y medicamentos conectada a la vena: les costaba tanto a los enfermeros encontrarme una vena que tenía pavura de que se me saliera y debieran revolver nuevamente mi antebrazo con una aguja hasta encontrar sangre, si no petróleo.


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