Luger me recordó de inmediato que desde hace cuatro años me viene diciendo que el postoperatorio requiere de treinta días en cama, durmiendo boca arriba y con las piernas levemente abiertas. Parece fácil, pero te quiero ver, sintiéndote bien pero no pudiendo moverte cuando en realidad, podés.
Me dijo entonces que el día siguiente me iba a sentar en la cama con los pies colgando (se hizo larga la espera, porque en lugar del miércoles vino el jueves) y que antes de darme el alta el viernes, me haría caminar.
Me dijo también que me había colocado la prótesis que él tenía prevista: una de titanio atornillada al hueso.
¡Titanio! Confieso que me da cierta cosita eso de que me hayan quitado un trozo de hueso y en su reemplazo tener una pieza de titanio. Yo conozco muchos metales, pero no sé si alguna vez vi o tuve en mis manos un trozo de titanio. Supongo que el nombre le viene de su dureza y fortaleza, remembranzas de los legendarios titanes de la antigua Grecia.
Dice Wikipedia que "En la mitología griega, los titanes y las titánides eran una raza de poderosas deidades que gobernaron durante la legendaria Edad de oro.
Los titanes precedieron a los doce dioses olímpicos, quienes, guiados por Zeus, terminaron derrocándolos en la Titanomaquia (‘guerra de los titanes’)".
La otra opción me remite a Martín Karadajián y sus Titanes en el ring, pero prefiero pasarla por alto aunque resulte mucho más divertida.
A la necesaria quietud de mi pierna izquierda, operada y "entitaniada", se sumaba la de mi brazo derecho, con una guía de suero y medicamentos conectada a la vena: les costaba tanto a los enfermeros encontrarme una vena que tenía pavura de que se me saliera y debieran revolver nuevamente mi antebrazo con una aguja hasta encontrar sangre, si no petróleo.
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