viernes, 19 de mayo de 2017

Paciencia con la ciencia

Quien dice treinta, dice cuarenta y cinco. Decía hace un par de días que cumplido el mes de la operación y sin los puntos de la herida, seguramente el médico me daría algunas libertades. Iluso de mí.

Ayer me comuniqué con él y me indicó quince días más de reposo, de dormir boca arriba, de andar poco y valiéndome del andador, mi inseparable rengomóvil. En fin, si la ciencia lo pide, paciencia.

Volvamos atrás con el tiempo, a mis días de tercer piso en el sanatorio, de enfermeros encendiendo la luz principal de la habitación a las cuatro de la mañana para controlar el suero, la presión, la temperatura... para cambiar sábanas y bañar al enfermo si era necesario. ¿A esa hora? A veces uno tenía insomnio y se dormía a las dos y media, tres de la madrugada, y los muchachos caían pasadas las cuatro para a las seis entregar el turno con todo hecho.

Dado que Miguel, mi compañero de habitación, llevaba un mes y medio internado, pagaba el alquiler de un televisor que hacía funcionar a cualquier hora. Así que me puse al día con muchos programas culturales y constructivos: Intrusos, Intratables, todos los de Guido Kaczca, los sorteos del Loto, Cuestión de peso con Silvia Suller incluida, El show del problema (versión local de Caso cerrado, un programa de Miami donde se ventilan las miserias humanas y una presunta abogada ejerce de presunta jueza a costilla de la ignorancia y la necesidad de los que llevan sus problemas privados para ser expuestos en televisión), El zorro, un par de novelas turcas, fútbol de primera C... Nunca un Discovery Chanel, ni el History, ni Encuentro, ni Nat Geo... Llegué a sospechar que la programación la decidía algún anestesista.

Miguel arrastra su tonada guaraní dado que es nacido en el Chaco litoraleño. Pero además tiene dificultades respiratorias, por lo cual se me hacía bastante difícil descifrarlo cuando hablaba. Una noche entendí que me preguntaba "Usted ¿llega a septiembre?", pregunta que no me pareció apropiada hacerle a un recién operado como yo, menos aún cuando estábamos a mediados de abril. Creí que estaba delirando. Pero lo que el pobre quería preguntarme era si llegaba al timbre para llamar a la enfermera: "¿Llega hasta el timbre?" O yo necesitaba un otorrinolaringólogo que revisara mi oído o él necesitaba una fonoaudióloga que lo hiciera hablar claro.

En la próxima entrega, sentándome en la cama y luego, "parado y caminando".

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