En un contexto futbolístico, no sería buena noticia Pero es fantástico para mí que el jueves pasado me hayan quitado los puntos. Dieciocho contó el médico, que no era Davor Luger, mi cirujano, quien debe guardar reposo en resguardo de su propia salud: parece que le provoqué tanto estrés que acabó con una insuficiencia cardíaca.
Mañana se cumplen los treinta días prescriptos de mayor cuidado. Hablaré con él para saber qué permisos me da. Me parece mentira llevar ya un mes de encierro, cama y operado. Y a la vez siento que es una eternidad.
Un mes, ya, desde que entré caminando -rengueando- a la habitación 315 del Instituto de Diagnóstico de La Plata a hacerle compañía a Miguel, paciente internado en el mismo cuarto y que esa noche pasó una de las peores de su vida. Cómo sufría ese hombre y cómo protestaba su esposa por haber tenido que dejar a medio comer su plato de lechón en el cumpleaños de un familiar cuando el médico la llamó tres veces por teléfono para que fuera, que se apurara porque su marido se les estaba yendo. Pero zafó Miguel. Eso fue un lunes y, al menos el viernes siguiente,estaba bastante mejor.
En medio de eso, en el atardecer del lunes 17 de abril, me subía a una camilla ataviado con una bata que mostraba más de lo que tapaba rumbo al quirófano, al momento cúlmine de la "Operación Cadera".
Una enfermera peleó bastante para encontrar una vena donde hundir la aguja y ponerme el suero. Luego me sentaron en la camilla y entre dos o tres curvaron mi espalda para que el anestesista me aplicara una peridural. De a poco sentí el adormecimiento de la parte sur de mi cuerpo. Entonces me pasaron a la mesa de cirugía. Eran cuatro para trasladar mis más de cien kilos. Si me hubiesen trasladado antes de anestesiarme lo hacía yo solo y se ahorraban el esfuerzo.
Una vez acomodado de perfil en el cadalso (la mesa de operaciones, se entiende) me ataron los brazos a dos maderas diferentes: una sostenía el con el suero y la otra el miembro izquierdo, cruzado por sobre la cabeza para no entorpecer el trabajo del cirujano.
El anestesista se ocupaba de preguntarme a cada momento si sentía algo, si estaba bien, y me dijo que me inyectaría en el suero algo para adormecerme. Parece que ese día tenía insomnio porque tengo conciencia de casi todo lo que duró la operación. Más aún, me entretuve viendo el monitor que tenía cerca en el cual sólo pude leer los valores de la presión arterial porque sin anteojos lo demás me resultaba ilegible.
Así que sentí los sacudones
del muslo cuando trabajaban, el ruido de la sierra que descabezó mi fémur, las
maniobras para calzar la prótesis ahí, donde ya no había hueso.
"Ya terminaron de coserte", me dijo el anestesista, y una enfermera de anteojos empezó a liberarme los brazos. Uno de los del equipo dijo que tenía hambre (eran casi las once de la noche) y se quería ir a cenar. Le dije que si quería un puchero de caracú podía usar el hueso que acababan de sacarme, pero me parece que prefería otro menú.
Volver a la cama de la habitación 315 me dio mucha tranquilidad. Lo difícil ya había pasado. Seguía vivo y entero, cosa que confieso me había preocupado bastante en las semanas previas. Si la ocasión hace al ladrón, como suele decirse, no fuera a ser cosa que mi pasada por el quirófano tentara a la Parca.
Muy buena crónica como todas las tuyas...
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