martes, 24 de enero de 2017

Buena vibra

27 de diciembre

A decir verdad, no me queda muy claro en qué punto del espectro estoy parado cuando me conectan al aparatito de la terapia biomolecular. Le pregunté a Paula, la médica a cargo de mi caso, en qué frecuencia vibran las ondas que me aplican y me dijo "0,50 hertz". ¿Habrá querido decir "kilohertz"?
En Internet pude averiguar que uno de los tratamientos similares que se ofrecen en el mundo trabaja con frecuencias que van desde 1 a 10.000 herzios: o sea, hasta 10 KHz. Esto es ondas que pueden ir de de ELF o Extra Baja Frecuencia hasta VLF o Muy Baja Frecuencia. Por las dudas, y para no generar líos, no pregunté por la longitud de onda.
El principio de esta teoría es que todas las cosas tienen un comportamiento vibratorio, aún las que no vemos ni oímos. Bajo esa premisa considera que cuando algo anda mal en el organismo es porque está oscilando -vibrando- en una frecuencia que no le es propia o, por lo menos, con un tamaño de onda inadecuado.

Al exponer al paciente a la emisión de las frecuencias correspondientes -las cuales, a esta altura de la lectura, se entenderá que se miden en "herzios" o "hertz"- todo se acomoda y vuelve a ser como era o, al menos, mejora el cuadro, ya que no pueden reconstituirse tejidos como el cartílago, en mi caso específico.

Entonces cuando alguien te desea "buena vibra" a modo de saludo o de buena suerte -expresión que está en boca de mucha gente, hoy en día-, te está deseando que las células se te pongan en su lugar y comiencen a oscilar de manera ordenada y en la cantidad de hertz por segundo que la naturaleza mande. Por algo no me gusta ese tipo de saludo. Es como desearle al otro "que te baje el colesterol y se te resuman los triglicéridos"; "que el índice de PSA te dé bien", "que la eritrosedimentación no te pase de 12", o cosas por el estilo.

Lo cierto es que por el momento sigo adelante con el experimento. Parece ser que trae poco a poco alivio, nomás, aunque ya me dijo la doctora Paula que al principio el efecto es oscilante (lo cual parece una humorada), sobre todo porque aún no pasaron dos meses desde su inicio. Pactamos proseguir estas semanas con lo mismo que veníamos haciendo: una hora y media una vez por semana aunque con un leve descuento en los honorarios por mi asistencia perfecta en el tiempo transcurrido.


Y si bien no pierdo de vista que en marzo volveré a ver a mi traumatólogo Davor Luger para hablar de la casi segura operación, recién estamos en diciembre y, por ahora, hay que pasar el verano, parafraseando al ingeniero Álvaro Alsogaray, ministro de economía en los lejanos años '60 y a quien cuando hablaba, créase o no, le vibraba un ojo.


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