27 de diciembre
A decir verdad, no me queda muy claro en qué punto del espectro
estoy parado cuando me conectan al aparatito de la terapia biomolecular. Le
pregunté a Paula, la médica a cargo de mi caso, en qué frecuencia vibran las
ondas que me aplican y me dijo "0,50 hertz". ¿Habrá querido
decir "kilohertz"?
En Internet pude averiguar que uno de los tratamientos similares
que se ofrecen en el mundo trabaja con frecuencias que van desde 1 a 10.000
herzios: o sea, hasta 10 KHz. Esto es ondas que pueden ir de de ELF o Extra
Baja Frecuencia hasta VLF o Muy Baja Frecuencia. Por las dudas, y para no
generar líos, no pregunté por la longitud
de onda.
El
principio de esta teoría es que todas las cosas tienen un comportamiento
vibratorio, aún las que no vemos ni oímos. Bajo esa premisa considera que
cuando algo anda mal en el organismo es porque está oscilando -vibrando- en una
frecuencia que no le es propia o, por lo menos, con un tamaño de onda
inadecuado.
Al
exponer al paciente a la emisión de las frecuencias correspondientes -las
cuales, a esta altura de la lectura, se entenderá que se miden en
"herzios" o "hertz"- todo se acomoda y vuelve a ser como
era o, al menos, mejora el cuadro, ya que no pueden reconstituirse tejidos como
el cartílago, en mi caso específico.
Entonces
cuando alguien te desea "buena vibra" a modo de saludo o de
buena suerte -expresión que está en boca de mucha gente, hoy en día-, te está
deseando que las células se te pongan en su lugar y comiencen a oscilar de
manera ordenada y en la cantidad de hertz por segundo que la naturaleza mande.
Por algo no me gusta ese tipo de saludo. Es como desearle al otro "que
te baje el colesterol y se te resuman los triglicéridos"; "que el
índice de PSA te dé bien", "que la eritrosedimentación no te pase de
12", o cosas por el estilo.
Lo
cierto es que por el momento sigo adelante con el experimento. Parece ser que
trae poco a poco alivio, nomás, aunque ya me dijo la doctora Paula que al
principio el efecto es oscilante (lo cual parece una humorada), sobre
todo porque aún no pasaron dos meses desde su inicio. Pactamos proseguir estas
semanas con lo mismo que veníamos haciendo: una hora y media una vez por semana
aunque con un leve descuento en los honorarios por mi asistencia perfecta en el
tiempo transcurrido.
Y
si bien no pierdo de vista que en marzo volveré a ver a mi traumatólogo Davor Luger para hablar de la casi segura operación, recién estamos en diciembre y, por
ahora, hay que pasar el verano, parafraseando al ingeniero Álvaro
Alsogaray, ministro de economía en los lejanos años '60 y a quien cuando
hablaba, créase o no, le vibraba un ojo.
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