20 de diciembre
Acostrumbrado a quejarme, resulta que van
dos noches que duermo sin dolor. Hay molestias, sí; antes de ayer dormí mal,
sí, pero no por culpa de la cadera atrósica y sus secuaces los músculos y
nervios, partícipes necesarios en esta confabulación que me tiene mal. Fue por
culpa de Florencia, la perrita que trajo José y que tuvo la canina ocurrencia
de ladrar hasta que llegó su dueño, a las cinco de la mañana. Seis y media sonó
el despertador.
Nobleza obliga y vale decirlo: en los
últimos diez días hay una sensible disminución del dolor y no creo que sea
porque el ibuprofeno y el dioxaflex vienen más potentes que los anteriores.
Habrá que creer, entonces, que la terapia alternativa basada en la manipulación
molecular a través de biofrecuencias está haciendo algo del efecto prometido
para después del segundo mes de tratamiento. Y yo apenas si cumplí las primeras
cuatro semanas.
Al respecto, no hay mucho más para comentar, excepto que
no siempre las sesiones son en la habitación con cuatro camillas, sino que me
ha tocado ocupar alternativamente boxes individuales donde cabe poco más que
una camilla y una silla. Al ser paredes de durlock, (casi) todo se escucha,
fundamentalmente los ronquidos de quien aprovecha su tiempo de tratamiento
haciendo una reparadora siesta.
No es mala idea, ya que en mi caso es una
hora y media acostado sin hacer nada. Pero no sé si por el ruido ambiente
(sonido de los equipos generadores de radiofrecuencia más conversación de las
señoras infaltables en la sala de espera más las llamadas telefónicas) o por
qué motivo no he podido conciliar el sueño hasta ahora. Veremos el próximo
viernes si sumo mi suave roncar al mediodía del consultorio.

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