martes, 24 de enero de 2017

No todo es una lágrima

20 de diciembre


Acostrumbrado a quejarme, resulta que van dos noches que duermo sin dolor. Hay molestias, sí; antes de ayer dormí mal, sí, pero no por culpa de la cadera atrósica y sus secuaces los músculos y nervios, partícipes necesarios en esta confabulación que me tiene mal. Fue por culpa de Florencia, la perrita que trajo José y que tuvo la canina ocurrencia de ladrar hasta que llegó su dueño, a las cinco de la mañana. Seis y media sonó el despertador.

Nobleza obliga y vale decirlo: en los últimos diez días hay una sensible disminución del dolor y no creo que sea porque el ibuprofeno y el dioxaflex vienen más potentes que los anteriores. Habrá que creer, entonces, que la terapia alternativa basada en la manipulación molecular a través de biofrecuencias está haciendo algo del efecto prometido para después del segundo mes de tratamiento. Y yo apenas si cumplí las primeras cuatro semanas.

Al respecto, no hay mucho más para comentar, excepto que no siempre las sesiones son en la habitación con cuatro camillas, sino que me ha tocado ocupar alternativamente boxes individuales donde cabe poco más que una camilla y una silla. Al ser paredes de durlock, (casi) todo se escucha, fundamentalmente los ronquidos de quien aprovecha su tiempo de tratamiento haciendo una reparadora siesta.

No es mala idea, ya que en mi caso es una hora y media acostado sin hacer nada. Pero no sé si por el ruido ambiente (sonido de los equipos generadores de radiofrecuencia más conversación de las señoras infaltables en la sala de espera más las llamadas telefónicas) o por qué motivo no he podido conciliar el sueño hasta ahora. Veremos el próximo viernes si sumo mi suave roncar al mediodía del consultorio.


En tanto, sigo sin saber en qué segmento del espectro estoy parado (en realidad, acostado) cuando me aplican los electrodos. No volví a estar con la médica para poder preguntarle. Esta semana creo que podré.



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