martes, 24 de enero de 2017

El laboratorio del profesor Neurus

11 de noviembre


Con expectativa, curiosidad y estudios debajo del brazo, esta mañana me encaminé a la consulta de terapia alternativa, biofrecuencial, biomolecular y etcéteras, en un nuevo y apasionante capítulo de la “Operación Cadera”. Debo reconocer que la primea impresión me impactó: nada de consultorio de excelencia, de medicina de avanzada, ni siquiera de médico de barrio: una casa del barrio norte de La Plata devenida en centro de consultas y tratamientos, pero bastante pobre de pintura y mantenimiento, sin recepción, ni secretario o secretaria; nada que se estile.

De impecable ambo azul me hizo pasar Maximiliano, quien tomó mis datos, me cobró la consulta ($200, por ser la primera) y me explicó el funcionamiento del tratamiento. Luego me atendería la doctora Paula.

A modo de música funcional, la sala de espera estaba invadida por sonidos agudos ascendentes y descendentes en suave curva: algo me hizo relacionarlo con el laboratorio del profesor Neurus de la historieta de Hijitus, con la sala de radio del Radio Club City Bell en momentos en que hay operadores activos, o con la más doméstica sintonía de una radio de onda corta.

Paula se presentó como médica asignada a mi eventual tratamiento. Con verba y gesticular cuidadosamente estudiados extendió su saludo recomendándome que me levantara de mi asiento con cuidado, porque seguramente tendría dolor, etcétera, etcétera. Como si yo no lo supiera. Lo tomé como un cumplido, como una manera de romper el hielo y ganar confianza. Aceptado.

La doctora me detalló en qué consiste la terapia alternativa que ofrecen, respondió mis preguntas y me di cuenta pronto por qué me había llevado a diciembre física en cuarto año del secundario y tuve que volver a rendirla en marzo. Sin capacidad para cuestionarla, decidí iniciar el tratamiento, que durará unos cuatro meses y recién hacia la mitad, me dijo, comenzaré a sentir mejoría, aunque nunca una cura: no se puede reconstituir un tejido como el cartílago, remarcó.

Luego de la conversación con la médica me hicieron pasar a una habitación en penumbras donde de cuatro camas, yo ocupé la segunda. El asistente (¿enfermero?) me colocó cuatro electrodos conectados a un aparato como los que utilizan los kinesiólogos y entonces comprendí que el sonido sinusoidal que escuchaba en la sala de espera era emitido por unas almohadillas circulares (del tamaño de un alfajor mediano con poco relleno) en que terminaban los cables. Dos leds azules, uno a cada extremo de la cama, parpadeaban cuando la onda sonora llegaba a su extremo más alto.

Habrá que esperar. La primera parte del tratamiento –cuando debo empezar a sentir mejoría- concluirá un poco antes de la fecha en la que deberé comenzar a conversar con el traumatólogo cirujano. Si todo funciona como prometen, tal vez vaya a verlo para decirle que guarde el bisturí hasta nuevo aviso. Una nueva expectativa en la antesala de soplar mis cincuenta y seis velitas.

17 de noviembre

Un maestro, Jorge Bohórquez. En mi rengueante camino a la cirugía de cadera debí pasar por el consultorio del odontólogo, a tres años de mi última consulta. Ya comenté que tengo un reflejo de arcada inmediata hasta cuando me cepillo los dientes, así que lo esquivo lo más posible. En aquella ocasión, cuando me tuve que extraer una muela, valoré mucho la prolijidad y paciencia de Jorge, el profesional de marras.

La semana pasada volví a visitarlo y además de recomendar un par de arreglos de poca monta, dictaminó la necesidad de oblar un molar del que quedaba poco y nada. Arreglamos turno doble para hoy y allí fui, justo al mediodía, dispuesto a jugar un tira y afloje entre mis arcadas y su instrumental dentro de mi boca.


No le fue fácil, no tanto por mis reacciones involuntarias sino porque la raíz a extraer no estaba dispuesta a rendirse ante la primera intimación. Una hora de trabajo y tironeo y algún punto de sutura insumió el tema, más dieta líquida por el resto del día. Teniendo en cuenta que el desayuno fue también más que frugal para evitar la catástrofe que podría sobrevenir a la arcada, tal vez me ayude a limar algunos gramos a mi sobrepeso. Está dicho que no hay mal que por bien no venga.

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