11 de noviembre
Con expectativa,
curiosidad y estudios debajo del brazo, esta mañana me encaminé a la consulta
de terapia alternativa, biofrecuencial,
biomolecular y etcéteras, en un
nuevo y apasionante capítulo de la “Operación Cadera”. Debo reconocer
que la primea impresión me impactó: nada de consultorio de excelencia, de
medicina de avanzada, ni siquiera de médico de barrio: una casa del barrio
norte de La Plata devenida en centro de consultas y tratamientos, pero bastante
pobre de pintura y mantenimiento, sin recepción, ni secretario o secretaria;
nada que se estile.
De impecable ambo
azul me hizo pasar Maximiliano,
quien tomó mis datos, me cobró la consulta ($200, por ser la primera) y me
explicó el funcionamiento del tratamiento. Luego me atendería la doctora Paula.
A modo de música
funcional, la sala de espera estaba invadida por sonidos agudos ascendentes y
descendentes en suave curva: algo me hizo relacionarlo con el laboratorio del
profesor Neurus de la historieta de Hijitus, con la
sala de radio del Radio Club City
Bell en momentos en que hay
operadores activos, o con la más doméstica sintonía de una radio de onda corta.
Paula se presentó como
médica asignada a mi eventual tratamiento. Con verba y gesticular cuidadosamente
estudiados extendió su saludo recomendándome que me levantara de mi asiento con
cuidado, porque seguramente tendría dolor, etcétera, etcétera. Como si yo no lo
supiera. Lo tomé como un cumplido, como una manera de romper el hielo y ganar
confianza. Aceptado.
La doctora me
detalló en qué consiste la terapia alternativa que ofrecen, respondió mis
preguntas y me di cuenta pronto por qué me había llevado a diciembre física en
cuarto año del secundario y tuve que volver a rendirla en marzo. Sin capacidad
para cuestionarla, decidí iniciar el tratamiento, que durará unos cuatro meses
y recién hacia la mitad, me dijo, comenzaré a sentir mejoría, aunque nunca una
cura: no se puede reconstituir un
tejido como el cartílago, remarcó.
Luego de la conversación
con la médica me hicieron pasar a una habitación en penumbras donde de cuatro
camas, yo ocupé la segunda. El asistente (¿enfermero?) me colocó cuatro electrodos
conectados a un aparato como los que utilizan los kinesiólogos y entonces
comprendí que el sonido sinusoidal que escuchaba en la sala de espera era
emitido por unas almohadillas circulares (del tamaño de un alfajor mediano con
poco relleno) en que terminaban los cables. Dos leds azules, uno a cada extremo
de la cama, parpadeaban cuando la onda sonora llegaba a su extremo más alto.
Habrá que esperar.
La primera parte del tratamiento –cuando debo empezar a sentir mejoría-
concluirá un poco antes de la fecha en la que deberé comenzar a conversar con
el traumatólogo cirujano. Si todo funciona como prometen, tal vez vaya a verlo
para decirle que guarde el bisturí hasta nuevo aviso. Una nueva expectativa en
la antesala de soplar mis cincuenta y seis velitas.
17 de noviembre
Un maestro, Jorge Bohórquez. En mi rengueante
camino a la cirugía de cadera debí pasar por el consultorio del odontólogo, a
tres años de mi última consulta. Ya comenté que tengo un reflejo de arcada
inmediata hasta cuando me cepillo los dientes, así que lo esquivo lo más
posible. En aquella ocasión, cuando me tuve que extraer una muela, valoré mucho
la prolijidad y paciencia de Jorge, el profesional de marras.
La semana pasada
volví a visitarlo y además de recomendar un par de arreglos de poca monta,
dictaminó la necesidad de oblar un molar del que quedaba poco y nada.
Arreglamos turno doble para hoy y allí fui, justo al mediodía, dispuesto a
jugar un tira y afloje entre mis arcadas y su instrumental dentro de mi boca.
No
le fue fácil, no tanto por mis reacciones involuntarias sino porque la raíz a
extraer no estaba dispuesta a rendirse ante la primera intimación. Una hora de
trabajo y tironeo y algún punto de sutura insumió el tema, más dieta líquida
por el resto del día. Teniendo en cuenta que el desayuno fue también más que
frugal para evitar la catástrofe que podría sobrevenir a la arcada, tal vez me
ayude a limar algunos gramos a mi sobrepeso. Está dicho que no hay mal que por
bien no venga.
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