martes, 24 de enero de 2017

Tire y afloje

20 de noviembre


       Si el osteópata del que hablé antes tenía razón, yo debería empezar a sentirme de maravillas a juzgar por la lucha sin cuartel entre el dentista y yo. Claro que podría haberme echado una maldición por haberlo dejado colgado en la segunda consulta a la que nunca asistí en venganza por su mal trato y el dislate de atribuir al estado de mi dentadura la causa de todos mis males.

Mientras tanto, y en honor al odontólogo interviniente, debo decir que el postoperatorio de la extracción de la muela fue tranquilo. Ibuprofeno, antibiótico, hielo y reposo hicieron que no hubiera dolor, al menos en grado preocupante. Hoy, a tres días del hecho, me reencontré con el mate que tenía vedado. Parece ser que el movimiento de succión –sea a través de una bombilla o de un cigarrillo- atenta contra la cicatrización de la herida resultante de la extirpación dentaria.

Pero acá estoy, listo para la mordida y feliz de que el organismo responda de maravillas defendiéndose ante los ataques de la ciencia. Diez puntos la cicatrización y dolor en nada comparable con los de mi cadera izquierda. Rengueo, pero vamos por más.

03 de diciembre

Me resisto a pensar que el dolor es una cuestión aleatoria: hoy se siente en todo su esplendor, mañana no tanto, pasado te vuelve a doler, después nada... Y hasta sucede que después de un día de mucho dolor, a la noche casi no se siente; o al revés: paso un día tranquilo, y después no me deja dormir.

No encontré respuestas ni en el médico ni en el gran oráculo de este tiempo que es Internet. Pero puesto a elucubrar sobre el tema y comprobar que nadie me estuvo retorciendo los músculos tibiales durante la noche ni encendiendo fuego en la cabeza del fémur y que tampoco nadie estaba parándose sobre mi rodilla, arriesgo mi propia teoría doméstica de que hay variables que se cruzan o combinan, y acaban por producir ese efecto. Quiero decir que posiblemente dependa de un factor físico (mayor o menor exigencia articular y muscular como caminar de más o estar mucho tiempo parado) más otro factor que puede ser químico (hormonal, medicación en sangre, determinada alimentación combinada con los anteriores).

Por lo que fuere, después de un día “intermedio” en cuanto a los dolores que me acompañan, tuve una noche en la que tenía la sensación de que me clavaban un clavo de no menos de seis pulgadas a tres centímetros de la ingle.

Suelo recurrir, al acostarme, al hielo aplicado sobre articulación y músculos, el cual voy corriendo a uno y otro punto en busca de un alivio que no siempre llega. Y entonces vuelve el interrogante: ¿qué es lo que hace que un día sea “pasable” y el otro insoportable?


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