Julio de 2016
Pese a todo la vida sigue y uno no deja de ser
medianamente solidario. Hago un paréntesis y cuento el siguiente episodio:
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| El bar de Perón y Libertad. No fue fácil entrar al abuelito. (Captura de pantralla Google Street View). |
Porteña esquina de Perón y Libertad. Salía de hacerme
kinesiología en mi hombro con tendinitis (dejemos esa dolencia para otro día) y
en mi cadera artrósica. Sobre la ochava de entrada al Palacio
do Brasil (en verdad, mucho nombre para un café-bar cualunque), dos mujeres
sostenían a un hombre en una posición entre sentado y parado, como quien
empieza a agacharse y no termina de hacerlo. Entre 85 y 90 años le calculé,
traje gris a rayas con chaleco; camisa celeste y corbata bordó. Bastón en mano,
el hombre intentaba subir el umbral de entrada al local, un Aconcagua para sus
piernas arqueadas y su columna severamente curvada.
Pregunté si podía ayudar y una de las mujeres me pidió que abriera la
puerta de blíndex, con un barral oblicuo a modo de manija. El hombre
se tomó de allí y, lógicamente, se le cerró en las narices. Decidí tomarlo de
la muñeca y tirar mientras alguien que pasaba mantenía la puerta abierta.
Cuando el viejito logró poner un pie en el escalón me puse
detrás de él y empecé a empujar con mi cadera sana, la derecha, porque la otra
no está para esos trotes. Lo logramos: la primera mesa estaba libre y desde
otra mesita cercana una señora acercó una silla. Se la puse debajo al señor, y
mientras las mujeres y el flaco que abrió la puerta lo sostenían, le empujé el
asiento hasta dejarlo trabado contra la mesa. Una de las mujeres sacó un
teléfono celular de su cartera y preguntó si quería que llamara a alguien: “Sí,
al mozo; pero deje, porque ahí viene”, dijo el anciano, sentado pero
encorvado.
Cinco anónimos solidarios esforzados para
que el abuelo tome su café, su trago, o vaya uno a saber qué. En mi camino de
regreso me lo crucé al viejecito. Venía aferrado a su bastón, entre sentado y
parado sobre el óvalo de sus dos piernas curvadas, rumbo a la avenida 9 de
Julio. Rengueaba más que yo y por un momento se me pasó por la cabeza que me
estaba enfrentando con mi propio futuro.
Dios no lo permita.

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