martes, 24 de enero de 2017

Entrando al abuelito

Julio de 2016


Pese a todo la vida sigue y uno no deja de ser medianamente solidario. Hago un paréntesis y cuento el siguiente episodio:
 
El bar de Perón y Libertad. No fue fácil entrar al abuelito. (Captura de pantralla Google Street View).
Porteña esquina de Perón y Libertad. Salía de hacerme kinesiología en mi hombro con tendinitis (dejemos esa dolencia para otro día) y en mi cadera artrósica. Sobre la ochava de entrada al Palacio do Brasil (en verdad, mucho nombre para un café-bar cualunque), dos mujeres sostenían a un hombre en una posición entre sentado y parado, como quien empieza a agacharse y no termina de hacerlo. Entre 85 y 90 años le calculé, traje gris a rayas con chaleco; camisa celeste y corbata bordó. Bastón en mano, el hombre intentaba subir el umbral de entrada al local, un Aconcagua para sus piernas arqueadas y su columna severamente curvada.

Pregunté si podía ayudar y una de las mujeres me pidió que abriera la puerta de blíndex, con un barral oblicuo a modo de manija. El hombre se tomó de allí y, lógicamente, se le cerró en las narices. Decidí tomarlo de la muñeca y tirar mientras alguien que pasaba mantenía la puerta abierta.

Cuando el viejito logró poner un pie en el escalón me puse detrás de él y empecé a empujar con mi cadera sana, la derecha, porque la otra no está para esos trotes. Lo logramos: la primera mesa estaba libre y desde otra mesita cercana una señora acercó una silla. Se la puse debajo al señor, y mientras las mujeres y el flaco que abrió la puerta lo sostenían, le empujé el asiento hasta dejarlo trabado contra la mesa. Una de las mujeres sacó un teléfono celular de su cartera y preguntó si quería que llamara a alguien: “Sí, al mozo; pero deje, porque ahí viene”, dijo el anciano, sentado pero encorvado.

Cinco anónimos solidarios esforzados para que el abuelo tome su café, su trago, o vaya uno a saber qué. En mi camino de regreso me lo crucé al viejecito. Venía aferrado a su bastón, entre sentado y parado sobre el óvalo de sus dos piernas curvadas, rumbo a la avenida 9 de Julio. Rengueaba más que yo y por un momento se me pasó por la cabeza que me estaba enfrentando con mi propio futuro.

Dios no lo permita.

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