martes, 24 de enero de 2017

La renguera de mi abuelo José y la decisión de L.

Octubre de 2016


En los apuntes de mayo había quedado en que debía volver al médico un mes y medio después. Ese mes y medio pude hacer que durara desde mayo hasta octubre. El síntoma se fue agravando y el dolor comenzó a irradiarse hacia el muslo y la rodilla. Creí que la artrosis había llegado a la rótula, pero el profesional me explicó que se ve afectado el nervio femoral, que conecta precisamente cadera con rodilla y hace que ésta “llore” por la afección de aquélla. Romántica y pasional, mi pierna izquierda, pero no me hace ninguna gracia sentir que la rodilla se me está por desarmar en el próximo paso.

Mientras tanto sigo rengueando porque los músculos de la pierna enferma empiezan lentamente a atrofiarse y eso le suma debilidad y... más dolor. Yo siento como si me retorcieran el hueso (en realidad debe ser el nervio) tensándolo desde los extremos y lo hicieran girar como en alguna época se envolvían los caramelos. Cada dolor, cada esfuerzo, es una profesión de fe en sí mismo: no dejo de proferir un “ay Dios” no sé si a modo de plegaria o como subterfugio en reemplazo de una puteada.

Mi abuelo José De Franco. Se trajo de la Primera Guerra Mundial
una herida en una pierna que lo hizo renguear por el resto de sus días.
A menudo me acuerdo de mi abuelo José, quien por más de siete décadas arrastró la renguera que le dejó la primera guerra mundial. Lo que debe haber sufrido ese hombre cuando fue herido (y asistido con la medicina de hace un siglo), en su convalecencia y en el tiempo posterior. Quizás el dolor lo haya acompañado toda su vida aunque nunca se dejó doblegar. Anduvo en bicicleta hasta por lo menos sus noventa años para que no se le notara la renguera al caminar, se justificaba él.


14 de octubre

Hoy, viernes 14, entonces, tuve turno a las seis y cuarto de la tarde (era el segundo de la lista de pacientes) y, como es su costumbre, Davor Luger llegó pasadas las siete. Lo bueno fue que el de las seis faltó, así que fui el primero. Al escuchar mi apellido me paré con esfuerzo y, rengueando, entré al consultorio.

-          Estás con dolor, Guillermo. Nunca te vi esa cara cuando te paraste y caminaste hasta acá.
-          No doy más, Davor. Y el meloxicam volvió a reventarme el hígado. Tuve que volver al ibuprofeno y el diclofenac pero los tomo salteado, para no exigir al estómago.
-          Te vas a hacer otra placa ahora, acá mismo; avisame cuando terminaste y la voy a ver a radiología.

Los avances de la electrónica y la cibernética son maravillosos. Por empezar, ya no hay que ir a IOMA y hacer cola para autorizar una Rx; se lo puede tramitar desde el mismo lugar de atención vía Internet. Además, al ser una radiografía digital, el especialista puede ir en el momento y verla en pantalla. Claro que algo falló. El doctor Luger. quería copiarla en su teléfono celular pero el sistema digital del servicio de rayos del sanatorio se había empacado y el médico tardó como cuarenta minutos en regresar al consultorio.

La imagen es patética: casi no hay separación entre ambos huesos. Se vé sólo una rendija en la parte inferior y el resto está en contacto, hueso contra hueso. No hay cartílago ni ninguna otra cosa que se interponga entre la cabeza del fémur y el cotilo, la cavidad de la cadera donde articula aquél. Tanto se habla de cerrar la grieta en nuestra Argentina de hoy, y en mi caso resulta contraproducente.

Entonces Davor Luger dijo que ya no hay alternativa.

-Esto no es de urgencia, pero no queda otra posibilidad que una prótesis. En cinco meses es mucho lo que avanzó y por eso también te duele tanto. La decisión es tuya –agregó aciariciándose la barba-, vos decidís cuándo. Como te dije, no es urgente y depende de vos.

Lo que Davor me decía era lo que esperaba escuchar desde dos consultas atrás pero que afortunadamente se había demorado todos esos meses; algo es algo.

Le recordé aquello de que no le pediría de rodillas la operación. Agregué que si no quedaba otra alternativa, estaba dispuesto a proceder al recambio de cadera y, mirando el almanaque, le pregunté si podía esperarse a febrero o marzo.

-Sí, como te dije; lo decidís vos. Además, vas a tener que hacerte un chequeo, asegurarte que no tenés infecciones en la boca y, sobre todo, bajar de peso.

Je. Ahí me quiero ver. Mi odontólogo se va a tener que enfrentar con mi reflejo a la arcada, algo ingobernable en mí que se ha convertido en el terror de los dentistas. La doctora Silvia se debe acordar cuando le vomité el molde para hacerme un perno, esa pasta inmunda que ellos mezclan como si fuera masa para un bizcochuelo y te meten en la boca de prepo como mi tía abuela nos hacía comer queso aunque no quisiéramos.


¿Y bajar de peso? Sí, claro. Decirlo es fácil, sobre todo si el que tiene que adelgazar es el otro. Tengo escrito algún artículo al respecto y sigo sosteniendo lo que escribí ahí. No obstante, en diez días de suprimir la poca harina que consumía logré bajar cuatro kilos. Una nimiedad cuando lo que sobra es siete veces eso, pero por algo se empieza.

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