Octubre de 2016
En los
apuntes de mayo había quedado en que debía volver al médico un mes y medio
después. Ese mes y medio pude hacer que durara desde mayo hasta octubre. El
síntoma se fue agravando y el dolor comenzó a irradiarse hacia el muslo y la
rodilla. Creí que la artrosis había llegado a la rótula, pero el profesional me
explicó que se ve afectado el nervio femoral, que conecta precisamente cadera
con rodilla y hace que ésta “llore” por la afección de aquélla. Romántica y pasional, mi pierna
izquierda, pero no me hace ninguna gracia sentir que la rodilla se me está por
desarmar en el próximo paso.
Mientras
tanto sigo rengueando porque los músculos de la pierna enferma empiezan
lentamente a atrofiarse y eso le suma debilidad y... más dolor. Yo siento como
si me retorcieran el hueso (en realidad debe ser el nervio) tensándolo desde
los extremos y lo hicieran girar como en alguna época se envolvían los
caramelos. Cada dolor, cada esfuerzo, es una profesión de fe en sí mismo: no
dejo de proferir un “ay Dios” no sé si a modo de plegaria o como
subterfugio en reemplazo de una puteada.
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| Mi abuelo José De Franco. Se trajo de la Primera Guerra Mundial una herida en una pierna que lo hizo renguear por el resto de sus días. |
14
de octubre
Hoy,
viernes 14, entonces, tuve turno a las seis y cuarto de la tarde (era el
segundo de la lista de pacientes) y, como es su costumbre, Davor Luger llegó
pasadas las siete. Lo bueno fue que el de las seis faltó, así que fui el
primero. Al escuchar mi apellido me paré con esfuerzo y, rengueando, entré al
consultorio.
- Estás con dolor, Guillermo. Nunca te vi esa cara
cuando te paraste y caminaste hasta acá.
- No doy más, Davor.
Y el meloxicam volvió a reventarme el hígado. Tuve que volver al ibuprofeno y
el diclofenac pero los tomo salteado, para no exigir al estómago.
- Te vas a hacer otra placa ahora, acá mismo; avisame
cuando terminaste y la voy a ver a radiología.
Los avances
de la electrónica y la cibernética son maravillosos. Por empezar, ya no hay que
ir a IOMA y hacer cola para autorizar una Rx; se lo puede tramitar desde el
mismo lugar de atención vía Internet. Además, al ser una radiografía digital,
el especialista puede ir en el momento y verla en pantalla. Claro que algo
falló. El doctor Luger. quería copiarla en su teléfono celular
pero el sistema digital del servicio de rayos del sanatorio se había empacado y
el médico tardó como cuarenta minutos en regresar al consultorio.
La imagen
es patética: casi no hay separación entre ambos huesos. Se vé sólo una rendija
en la parte inferior y el resto está en contacto, hueso contra hueso. No hay
cartílago ni ninguna otra cosa que se interponga entre la cabeza del fémur y el
cotilo, la cavidad de la cadera donde articula aquél. Tanto se habla de cerrar
la grieta en nuestra Argentina de hoy, y en mi caso resulta contraproducente.
Entonces Davor Luger dijo que ya no hay alternativa.
-Esto no es de urgencia, pero no
queda otra posibilidad que una prótesis. En cinco meses es mucho lo que avanzó
y por eso también te duele tanto. La decisión es tuya –agregó
aciariciándose la barba-, vos decidís cuándo. Como te dije, no es urgente y
depende de vos.
Lo que Davor me decía era lo que esperaba escuchar desde dos consultas atrás pero que
afortunadamente se había demorado todos esos meses; algo es algo.
Le recordé
aquello de que no le pediría de rodillas la operación. Agregué que si no
quedaba otra alternativa, estaba dispuesto a proceder al recambio de cadera y,
mirando el almanaque, le pregunté si podía esperarse a febrero o marzo.
-Sí, como te dije; lo decidís vos.
Además, vas a tener que hacerte un chequeo, asegurarte que no tenés infecciones
en la boca y, sobre todo, bajar de peso.
Je. Ahí me
quiero ver. Mi odontólogo se va a tener que enfrentar con mi reflejo a la
arcada, algo ingobernable en mí que se ha convertido en el terror de los
dentistas. La doctora Silvia se debe acordar cuando le vomité el
molde para hacerme un perno, esa pasta inmunda que ellos mezclan como si fuera
masa para un bizcochuelo y te meten en la boca de prepo como mi tía abuela nos
hacía comer queso aunque no quisiéramos.
¿Y bajar de peso? Sí, claro. Decirlo es fácil, sobre
todo si el que tiene que adelgazar es el otro. Tengo escrito algún artículo al
respecto y sigo sosteniendo lo que escribí ahí. No obstante, en diez días de
suprimir la poca harina que consumía logré bajar cuatro kilos. Una nimiedad
cuando lo que sobra es siete veces eso, pero por algo se empieza.

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