15 de octubre
No
se iban a salvar. Quienes suelen leer mi Facebook o quienes tienen la
(des)dicha de escuchar mi programa de radio Hablando de City Bell, conocerán el
texto que les comentaba ayer sobre el tema de bajar de peso y sus muchas
posibilidades de fracasar. Por eso decidí copiárselos a continuación, tanto
como para sacarlos del tema de la cadera y mis ayes. Lo titulé “Es al ñudo que
te fajen” y dice así:
Desde el momento mismo en que
nació el cronista viene acumulando una vasta experiencia en el tema de las
dietas y sospecha que tiene el abdomen atiborrado de ella. Dos más dos nunca es cuatro cuando de bajar se peso se trata. Y
eso es lo que hacemos: tratamos de bajar de peso o, por lo menos, de que nos
entre la ropa. Nada de “barriga llena, corazón contento”.
La mayoría de los médicos (y
los no médicos) no nos creen a los gordos. No creen que uno no es afecto a las
pastas, que no toma alcohol, que se mantiene alejado de las picadas y los
sánguches, que por su hígado tenebroso no frecuenta las frituras, que se
mantiene impertérrito ante el tarro de dulce de leche y evita comprarlo, que
cocina y come sin sal.
Cierto especialista pareció
haber descubierto la piedra filosofal: pidió análisis completos y un poco más y
llegó a la conclusión de que padecemos una insuficiencia de la glándula
tiroides. “Eso es lo que no te permite bajar de peso”, nos dijo, y nos extendió
la receta para que cada mañana ni bien despertemos pero media hora antes de
desayunar, nos mandemos una pastillita de levotiroxina. Pasan los años,
desayunamos cada día con la maldita pildorita violeta, y la panza sigue allí,
desbordando el cinturón.
Otro nos colgó un aparatito
que se inflaba y desinflaba cada 15 minutos durante 24 horas para controlarnos
la presión arterial, nos dijo “hacé vida normal” y cuando vio los resultados se
asombró de algunos “picos” en el registro: coincidían con los embotellamientos
de tránsito que habíamos padecido, con álgidas reuniones de trabajo, con
apurones para cruzar la avenida 9 de Julio antes de que hicieran el metrobús.
“Ah, no, si te estás haciendo este estudio no podés hacer esas cosas” dijo,
horrorizado por nuestra “vida normal”.
No sabemos si nuestra vida es
normal, pero podemos asegurar que sí es habitual. Como conclusión descubrió lo
que ya sabíamos: padecemos hipertensión arterial y nos indicó otra pastillita
que debemos tomar a la mañana, ni bien nos levantemos pero después de haber
digerido durante 30 minutos la de la tiroides.
- ¿Qué suele desayunar?
- Nada, doctor. Hasta media mañana no me pasa nada por la
garganta.
- Ah, no. Así nunca va a adelgazar. Una taza de te/café/mate
cocido con leche descremada y sin azúcar (puede ponerle edulcorante), más dos
tostadas con queso crema descremado (si es “descremado”, ya no es queso
“crema”, creemos), o un trozo del
tamaño de un cassette de queso por salut descremado y sin sal(¿un cassette? en
qué año estamos? Menos mal, al menos, que no dijo del tamaño de una micro
tarjeta de memoria), dos cucharaditas
de mermelada diet. A la infusión le puede agregar dos cucharaditas de cereal
sin azúcar. Puede reemplazar las tostadas por dos rodajas de pan integral (no
de centeno, no de salvado). Y un vaso de agua. Tiene que tomar por lo menos dos
litros a lo largo del día, así que empiece a la mañana.
- Ajá. Veo que no nos estamos entendiendo. Vengo para que me ayude
a adelgazar y en el único momento del día en que no tengo hambre, me embucha
con todo eso. ¿En qué hablo, yo?
- ¡Y el lácteo en el desayuno! Que no le falten lácteos en el
desayuno, porque le darán sensación de saciedad.
- Epa... dicen que no debemos tomar leche de ningún animal. Que el
hombre es el único que toma leche de otra especie y eso va en contra de la
naturaleza.
- Y no se olvide, a media mañana, de comer una barrita de cereal.
La colación es fun-da-men-tal para ayudar al páncreas a segregar insulina de
calidad.
Al mediodía, por supuesto,
comer liviano. Uno está trabajando fuera de casa y tiene que ingeniárselas. “¿Pollo a la plancha cocinado sin
piel? Sacáselo vos, el cuero; acá se sirve así” y no hay tutía. Pero
claro, no es lo mismo. Como guarnición, un puré de calabaza, porque el de papa
tiene muchos hidratos de carbono. “No abuse de la calabaza, porque es dulzona y
eso indica que tiene azúcar. Con la calabaza no va a bajar de peso”, recuerda
que le dijo otro médico. Ja, mirá vos, tan santito que parecía el zapallo ese,
ahora resulta que engordás también comiendo esa porquería. ¿Zanahorias? “Sí,
pero cruda. Porque cocida, engorda una barbaridad”. Y una nueva: “Papa, todo lo
que quiera, siempre y cuando la deje enfriar luego de cocinarla”. ¿Para no
quemarme? “No, porque al enfriarse cambia su estructura molecular y entonces
los hidratos de carbono quedan encapsulados y no pasan al organismo”. ¡Ay,
Maitena Heras, cuántas cosas me quedaron en el tintero en el tiempo en
que tratabas de que entendiera Química en cuarto año del secundario...!
También resulta que la fruta
en el almuerzo es un arma de doble filo, “porque la fruta contiene ‘fructosa’ (obvio, no va a contener ‘verdurosa’ o
‘carnosa’), que es el azúcar
contenido en la fruta. Así que no sólo no adelgazás sino que además te eleva la
glucosa en sangre, y con el sobrepeso que tenés, vas derechito a la diabetes”,
le dijeron. ¿Habrá sido ése el pecado de Adán y Eva?
“¡No comas frutas ni nada
crudo después de las seis de la tarde”, nos dijo una diminuta médica que basa
su ciencia europea en la depuración del intestino porque éste es como la raíz
del organismo, y como tal tiene la función de extraer las proteínas de los alimentos.
Así que nada de frutas ni ensaladas después de la hora del té. Bueh. Nada de
fruta cruda en la mañana ni en la tarde, tampoco en la cena, nos queda la
noche, entonces. Habrá que poner el despertador a las dos de la madrugada, por
ejemplo, y levantarse a comer una mandarina sin culpas.
“¿Usted tiene hambre a la
noche? Quiero decir, ¿se levanta a la noche y va a mirar qué puede comer de la
heladera?”, inquirió otro de guardapolvo blanco. En fin, estamos al horno.
Al horno, en lo posible, no,
le dijeron. “Es preferible que haga unas verduras al vapor –no hervidas, porque
pierden las proteínas- o a la plancha: coliflor, brócoli, apio, rúcula (ya es
incomible cruda, ¿te imaginás puesta en la plancha?),zanahoria, berenjena,
chauchas, tomate... Recuerde que las papas, las batatas, el choclo, la
remolacha, están pro-hi-bi-das(bueno, la papa fría no, según parece)”. De ahí a
la parrillada de verduras, sólo hay un paso: hay gente que merece ser
denunciada ante la Santa Inquisición y quemada viva en la hoguera pública por
el sacrilegio de reemplazar un costillar de ternera por rabanitos.
¿Aceite? Sólo una cucharadita
tamaño té (se ve que la medicina no se avivó de que la de café es más chiquita
aún), siempre y cuando sea de oliva (vale arriba de los ciento cincuenta mangos
el litro), maíz, canola (¿lo qué?), porque tienen omega 3, 6 y 9 (al menos no
tiene 6-7-8), que son antioxidantes y ayudan a bajar el colesterol malo. Pero
esa es harina de otro costal y las harinas también están prohibidas, excepto
que sea harina integral y en poca cantidad.
El del colesterol y los
triglicéridos es un tema aparte. No hace falta tener sobrepeso para padecerlo y
días atrás supimos de una nueva veta consumista a causa suya. Se ha descubierto
que el aceite de chía es un buen arma contra la grasa acumulada en las arterias
y se extrae de unas semillitas que se parecen más suciedad de lauchas que a las
semillas. Hay quien la consume entera y quien la muele, para lo cual utilizan
un mortero como el que usaban las bisabuelas antes de que se inventara la
Moulinex, pero de no más de cinco centímetros de altura.
A pesar de que nos han dicho
que para que haga efecto contra el colesterol hay que consumir más de media
taza de semillas de chía por día –un pasaporte para instalarse en el inodoro
por un par de horas-, decidimos apostar a la dosis homeopática e intentar con
una o dos cucharaditas en el desayuno.
“La chía tenés que consumirla
en el desayuno o mezclada con la comida. Pero tiene que estar triturada; si no,
la tragás y la digerís entera de tan chiquita que es, y no te hace efecto”.
Entonces pedimos chía triturada.
“No lleve triturada -dijeron
en la dietética-, porque es lo que queda después de extraerle el aceite para
elaborar las cápsulas de aceite de chía. Ponga una cucharadita de semilla
entera en la leche, el café o lo que sea, y en cinco minutos notará que se
desprende una baba. Eso es el aceite”.
A pesar de que lo de la baba
nos causó cierta repugnancia, compramos la semilla de chía entera más un
frasquito de cápsulas de aceite de chía, por si un día no tenemos tiempo de
desayunar o si lo hacemos con mate: jamás permitiríamos mezclar cosas raras en
nuestra infusión preferida.
- Ojo con el mate, porque le va a dar mucha acidez. En todo caso,
tome mate cocido.
- ¿Ajá? ¿Y cuál es la diferencia?
- En que el mate cocido no da acidez.
- ¿Ah, no? No me diga...
- No, porque la acidez del mate es producida por el aire que chupa
a través de la bombilla.
Mirá vó: resulta que ahora la
culpa la tiene al aire y no las xantinas presentes en la mayoría de las hierbas
y semillas consumidas en infusión. Adiós Milanta: dejemos de respirar y chau
acidez.
En la fiambrería de la calle
Silva nos contaron la historia de un matrimonio cuyos integrantes superan ya
los setenta años de edad cada uno. Siempre habían comprado queso sin sal
descremado, jamón natural sin grasa, lomito (bajo contenido graso) y otras
pretendidas exquisiteces recomendadas para llevar una vida saludable. Pero un
día pidieron variedad de fiambres, quesos saborizados, encurtidos varios...
Ante la pregunta de si tenían visitas, la respuesta fue natural y contundente:
“Nos venimos cuidando desde los 40 años. Nos llegó la hora de disfrutar un
poco”. Sabio razonamiento. En quince años revoleo la chancleta.
Pero volviendo al colesterol
y los triglicéridos, hay que consumir mucha fibra para contrarrestarlos, pero
no de las Sylvapen. Son las fibras de los vegetales (tres días comiendo
ensaladas y nos quedamos a vivir en el baño) y las de los cereales, esos de las
barritas para comer como colación y así completar las seis comidas diarias
recomendadas.
-Nadie adelgaza comiendo cereales. En todo caso, si tenés mucho
hambre, comete un turrón.
- ¿Un turrón? ¿La pasta de turrón no tiene mucha azúcar?
-Entonces, nada. Porque nadie debe tener necesidad de comer una
colación. Las comidas son cuatro y nadas más. Porque el páncreas está habituado
a recibir materia prima para generar insulina sólo cuatro veces por día y si le
damos más, lo estamos exigiendo (¿antes no nos habían dicho lo contrario?). Si
estás ansioso, comé pikles.
- Ah, claro: me meto unos coliflores, unas cebollitas y unos
pepinos en vinagre en el bolsillo para ir masticando en el laburo... Después te
cuento.
“Yo no soy especialista en el
tema –nos dijo Carlos Castilla, maestro cirujano y radioaficionado- pero la
experiencia dice que tenés que tener demasiada fuerza de voluntad para bajar de
peso si no lo hacés con el acompañamiento de un nutricionista”. Por eso uno
probó todo lo que probó y hasta ahora el más acertado y comprensivo de los
profesionales ha sido José Hernández, quien sintetizó su tesis doctoral en las
estrofas del Martín Fierro, donde dice: “al que nace barrigón, es al ñudo que
lo fajen”.
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