martes, 24 de enero de 2017

Es al ñudo que te fajen

15 de octubre


No se iban a salvar. Quienes suelen leer mi Facebook o quienes tienen la (des)dicha de escuchar mi programa de radio Hablando de City Bell, conocerán el texto que les comentaba ayer sobre el tema de bajar de peso y sus muchas posibilidades de fracasar. Por eso decidí copiárselos a continuación, tanto como para sacarlos del tema de la cadera y mis ayes. Lo titulé “Es al ñudo que te fajen” y dice así:

Desde el momento mismo en que nació el cronista viene acumulando una vasta experiencia en el tema de las dietas y sospecha que tiene el abdomen atiborrado de ella. Dos más dos nunca es cuatro cuando de bajar se peso se trata. Y eso es lo que hacemos: tratamos de bajar de peso o, por lo menos, de que nos entre la ropa. Nada de “barriga llena, corazón contento”.

La mayoría de los médicos (y los no médicos) no nos creen a los gordos. No creen que uno no es afecto a las pastas, que no toma alcohol, que se mantiene alejado de las picadas y los sánguches, que por su hígado tenebroso no frecuenta las frituras, que se mantiene impertérrito ante el tarro de dulce de leche y evita comprarlo, que cocina y come sin sal.

Cierto especialista pareció haber descubierto la piedra filosofal: pidió análisis completos y un poco más y llegó a la conclusión de que padecemos una insuficiencia de la glándula tiroides. “Eso es lo que no te permite bajar de peso”, nos dijo, y nos extendió la receta para que cada mañana ni bien despertemos pero media hora antes de desayunar, nos mandemos una pastillita de levotiroxina. Pasan los años, desayunamos cada día con la maldita pildorita violeta, y la panza sigue allí, desbordando el cinturón.

Otro nos colgó un aparatito que se inflaba y desinflaba cada 15 minutos durante 24 horas para controlarnos la presión arterial, nos dijo “hacé vida normal” y cuando vio los resultados se asombró de algunos “picos” en el registro: coincidían con los embotellamientos de tránsito que habíamos padecido, con álgidas reuniones de trabajo, con apurones para cruzar la avenida 9 de Julio antes de que hicieran el metrobús. “Ah, no, si te estás haciendo este estudio no podés hacer esas cosas” dijo, horrorizado por nuestra “vida normal”.

No sabemos si nuestra vida es normal, pero podemos asegurar que sí es habitual. Como conclusión descubrió lo que ya sabíamos: padecemos hipertensión arterial y nos indicó otra pastillita que debemos tomar a la mañana, ni bien nos levantemos pero después de haber digerido durante 30 minutos la de la tiroides.

- ¿Qué suele desayunar?
- Nada, doctor. Hasta media mañana no me pasa nada por la garganta.
- Ah, no. Así nunca va a adelgazar. Una taza de te/café/mate cocido con leche descremada y sin azúcar (puede ponerle edulcorante), más dos tostadas con queso crema descremado (si es “descremado”, ya no es queso “crema”, creemos), o un trozo del tamaño de un cassette de queso por salut descremado y sin sal(¿un cassette? en qué año estamos? Menos mal, al menos, que no dijo del tamaño de una micro tarjeta de memoria), dos cucharaditas de mermelada diet. A la infusión le puede agregar dos cucharaditas de cereal sin azúcar. Puede reemplazar las tostadas por dos rodajas de pan integral (no de centeno, no de salvado). Y un vaso de agua. Tiene que tomar por lo menos dos litros a lo largo del día, así que empiece a la mañana.
- Ajá. Veo que no nos estamos entendiendo. Vengo para que me ayude a adelgazar y en el único momento del día en que no tengo hambre, me embucha con todo eso. ¿En qué hablo, yo?
- ¡Y el lácteo en el desayuno! Que no le falten lácteos en el desayuno, porque le darán sensación de saciedad.
- Epa... dicen que no debemos tomar leche de ningún animal. Que el hombre es el único que toma leche de otra especie y eso va en contra de la naturaleza.
- Y no se olvide, a media mañana, de comer una barrita de cereal. La colación es fun-da-men-tal para ayudar al páncreas a segregar insulina de calidad.

Menú económico, ideal para bajar de peso.
Al mediodía, por supuesto, comer liviano. Uno está trabajando fuera de casa y tiene que ingeniárselas. “¿Pollo a la plancha cocinado sin piel?  Sacáselo vos, el cuero; acá se sirve así” y no hay tutía. Pero claro, no es lo mismo. Como guarnición, un puré de calabaza, porque el de papa tiene muchos hidratos de carbono. “No abuse de la calabaza, porque es dulzona y eso indica que tiene azúcar. Con la calabaza no va a bajar de peso”, recuerda que le dijo otro médico. Ja, mirá vos, tan santito que parecía el zapallo ese, ahora resulta que engordás también comiendo esa porquería. ¿Zanahorias? “Sí, pero cruda. Porque cocida, engorda una barbaridad”. Y una nueva: “Papa, todo lo que quiera, siempre y cuando la deje enfriar luego de cocinarla”. ¿Para no quemarme? “No, porque al enfriarse cambia su estructura molecular y entonces los hidratos de carbono quedan encapsulados y no pasan al organismo”. ¡Ay, Maitena Heras, cuántas cosas  me quedaron en el tintero en el tiempo en que tratabas de que entendiera Química en cuarto año del secundario...!
También resulta que la fruta en el almuerzo es un arma de doble filo, “porque la fruta contiene ‘fructosa’ (obvio, no va a contener ‘verdurosa’ o ‘carnosa’), que es el azúcar contenido en la fruta. Así que no sólo no adelgazás sino que además te eleva la glucosa en sangre, y con el sobrepeso que tenés, vas derechito a la diabetes”, le dijeron. ¿Habrá sido ése el pecado de Adán y Eva?

“¡No comas frutas ni nada crudo después de las seis de la tarde”, nos dijo una diminuta médica que basa su ciencia europea en la depuración del intestino porque éste es como la raíz del organismo, y como tal tiene la función de extraer las proteínas de los alimentos. Así que nada de frutas ni ensaladas después de la hora del té. Bueh. Nada de fruta cruda en la mañana ni en la tarde, tampoco en la cena, nos queda la noche, entonces. Habrá que poner el despertador a las dos de la madrugada, por ejemplo, y levantarse a comer una mandarina sin culpas.

“¿Usted tiene hambre a la noche? Quiero decir, ¿se levanta a la noche y va a mirar qué puede comer de la heladera?”, inquirió otro de guardapolvo blanco. En fin, estamos al horno.

Al horno, en lo posible, no, le dijeron. “Es preferible que haga unas verduras al vapor –no hervidas, porque pierden las proteínas- o a la plancha: coliflor, brócoli, apio, rúcula (ya es incomible cruda, ¿te imaginás puesta en la plancha?),zanahoria, berenjena, chauchas, tomate... Recuerde que las papas, las batatas, el choclo, la remolacha, están pro-hi-bi-das(bueno, la papa fría no, según parece)”. De ahí a la parrillada de verduras, sólo hay un paso: hay gente que merece ser denunciada ante la Santa Inquisición y quemada viva en la hoguera pública por el sacrilegio de reemplazar un costillar de ternera por rabanitos.

¿Aceite? Sólo una cucharadita tamaño té (se ve que la medicina no se avivó de que la de café es más chiquita aún), siempre y cuando sea de oliva (vale arriba de los ciento cincuenta mangos el litro), maíz, canola (¿lo qué?), porque tienen omega 3, 6 y 9 (al menos no tiene 6-7-8), que son antioxidantes y ayudan a bajar el colesterol malo. Pero esa es harina de otro costal y las harinas también están prohibidas, excepto que sea harina integral y en poca cantidad.

El del colesterol y los triglicéridos es un tema aparte. No hace falta tener sobrepeso para padecerlo y días atrás supimos de una nueva veta consumista a causa suya. Se ha descubierto que el aceite de chía es un buen arma contra la grasa acumulada en las arterias y se extrae de unas semillitas que se parecen más suciedad de lauchas que a las semillas. Hay quien la consume entera y quien la muele, para lo cual utilizan un mortero como el que usaban las bisabuelas antes de que se inventara la Moulinex, pero de no más de cinco centímetros de altura.

A pesar de que nos han dicho que para que haga efecto contra el colesterol hay que consumir más de media taza de semillas de chía por día –un pasaporte para instalarse en el inodoro por un par de horas-, decidimos apostar a la dosis homeopática e intentar con una o dos cucharaditas en el desayuno.

“La chía tenés que consumirla en el desayuno o mezclada con la comida. Pero tiene que estar triturada; si no, la tragás y la digerís entera de tan chiquita que es, y no te hace efecto”. Entonces pedimos chía triturada.

“No lleve triturada -dijeron en la dietética-, porque es lo que queda después de extraerle el aceite para elaborar las cápsulas de aceite de chía. Ponga una cucharadita de semilla entera en la leche, el café o lo que sea, y en cinco minutos notará que se desprende una baba. Eso es el aceite”.

A pesar de que lo de la baba nos causó cierta repugnancia, compramos la semilla de chía entera más un frasquito de cápsulas de aceite de chía, por si un día no tenemos tiempo de desayunar o si lo hacemos con mate: jamás permitiríamos mezclar cosas raras en nuestra infusión preferida.

- Ojo con el mate, porque le va a dar mucha acidez. En todo caso, tome mate cocido.
- ¿Ajá? ¿Y cuál es la diferencia?
- En que el mate cocido no da acidez.
- ¿Ah, no? No me diga...
- No, porque la acidez del mate es producida por el aire que chupa a través de la bombilla.

Mirá vó: resulta que ahora la culpa la tiene al aire y no las xantinas presentes en la mayoría de las hierbas y semillas consumidas en infusión. Adiós Milanta: dejemos de respirar y chau acidez.

En la fiambrería de la calle Silva nos contaron la historia de un matrimonio cuyos integrantes superan ya los setenta años de edad cada uno. Siempre habían comprado queso sin sal descremado, jamón natural sin grasa, lomito (bajo contenido graso) y otras pretendidas exquisiteces recomendadas para llevar una vida saludable. Pero un día pidieron variedad de fiambres, quesos saborizados, encurtidos varios... Ante la pregunta de si tenían visitas, la respuesta fue natural y contundente: “Nos venimos cuidando desde los 40 años. Nos llegó la hora de disfrutar un poco”. Sabio razonamiento. En quince años revoleo la chancleta.

Pero volviendo al colesterol y los triglicéridos, hay que consumir mucha fibra para contrarrestarlos, pero no de las Sylvapen. Son las fibras de los vegetales (tres días comiendo ensaladas y nos quedamos a vivir en el baño) y las de los cereales, esos de las barritas para comer como colación y así completar las seis comidas diarias recomendadas.
-Nadie adelgaza comiendo cereales. En todo caso, si tenés mucho hambre, comete un turrón.
- ¿Un turrón? ¿La pasta de turrón no tiene mucha azúcar?
-Entonces, nada. Porque nadie debe tener necesidad de comer una colación. Las comidas son cuatro y nadas más. Porque el páncreas está habituado a recibir materia prima para generar insulina sólo cuatro veces por día y si le damos más, lo estamos exigiendo (¿antes no nos habían dicho lo contrario?). Si estás ansioso, comé pikles.
- Ah, claro: me meto unos coliflores, unas cebollitas y unos pepinos en vinagre en el bolsillo para ir masticando en el laburo... Después te cuento.

“Yo no soy especialista en el tema –nos dijo Carlos Castilla, maestro cirujano y radioaficionado- pero la experiencia dice que tenés que tener demasiada fuerza de voluntad para bajar de peso si no lo hacés con el acompañamiento de un nutricionista”. Por eso uno probó todo lo que probó y hasta ahora el más acertado y comprensivo de los profesionales ha sido José Hernández, quien sintetizó su tesis doctoral en las estrofas del Martín Fierro, donde dice: “al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen”.


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